Desde Buta Ranquil, un guía local transformó su pasión por la geología en una propuesta turística que combina naturaleza, historia y desarrollo comunitario.
En el norte profundo de la provincia de Neuquén, donde el viento talla la roca y el tiempo parece haberse detenido en capas geológicas milenarias, Eduardo Vega encontró su camino. Mejor dicho, lo fue construyendo paso a paso, siguiendo las huellas de su infancia en Buta Ranquil, al pie del majestuoso volcán Tromen.
“Desde chico salía a recorrer las montañas con mi abuelo. Me fascinaban esas rocas con formas extrañas”, recuerda. Esa curiosidad temprana lo llevó a estudiar geología y a descubrir que aquellas piedras guardaban historias aún más profundas: fósiles marinos, procesos volcánicos y paisajes moldeados durante millones de años.
Su vínculo con el turismo surgió de una frustración: un proyecto de museo que no prosperó lo obligó a repensar el camino. “Entonces decidí mostrar los lugares tal cual son, en su estado natural”, cuenta. Así nació su propuesta de geosenderismo: una experiencia que invita a caminar, interpretar y sentir el territorio.
Los primeros pasos no fueron fáciles. Vega tuvo que asumir riesgos: formalizar su actividad, invertir en seguros y generar eventos de trekking y mountain bike para atraer visitantes. Nunca dudó, ni siquiera en pandemia, cuando insistió en seguir trabajando bajo protocolos.
Hoy, su proyecto es mucho más que una excursión. Es una inmersión en un paisaje que él define como “agreste, prístino, salvaje y mineral”. Los visitantes no solo recorren senderos: aprenden a leer la tierra. Desde las coladas de lava del Tromen hasta la impactante Yesera, cada paso es una clase abierta de geología y cultura.
En cada recorrido, Eduardo integra a las comunidades locales. Los turistas comparten experiencias en puestos de crianceros, conocen la trashumancia y se conectan con formas de vida que resisten al paso del tiempo. “Lo que más valoran es esa vivencia real, la historia del lugar contada en el territorio”, asegura.
En los últimos años, Vega notó un cambio en la demanda: el turista ya no busca solo contemplar, sino comprender. El interés por el geoturismo, los minerales, las aguas termales y las experiencias de bienestar crece sostenidamente. Su propuesta encuentra un diferencial claro: senderos espirituales, contacto con la tierra y conocimiento profundo del entorno.
Hoy son cuatro las personas que trabajan junto a él, en un emprendimiento que también impulsa la economía local. “Es clave generar oportunidades para los emprendedores de la zona”, afirma, convencido de que el desarrollo turístico debe ser colectivo.
De cara al futuro, sueña con contar con transporte propio y un alojamiento turístico que permita ofrecer una experiencia integral. “Neuquén tiene muchísimos nichos sin explorar. El turismo hoy busca lo natural, lo auténtico, y esta provincia lo tiene todo”, concluye.
