MONTEVIDEO.- Las calles de esta ciudad hablan. Entre tantos asuntos, de fútbol y de supuestas traiciones. No solo las calles: es imposible escaparse del caso que conmueve a Uruguay. Maximiliano Silvera, un delantero de 28 años, pasó de Peñarol a Nacional y armó un revuelo monumental. Ni el deseo de Miguel Angel Borja (o de su hermano) de jugar en Boca ni las ganas de Sebastián Villa de ponerse la de River. Ya pasaron diez días y en el paisito casi, casi no se habla de otro tema. En la TV, en la radio, en los bares y hasta debajo de la mesa.
El jugador de 28 años surgió en Cerrito y tuvo una deslucida trayectoria fuera de Uruguay, en Juárez y Necaxa, en México, y más tarde en Santos, antes de regresar en 2024, para jugar en Peñarol. Luego de obtener cinco títulos locales en el Manya en apenas dos años, el delantero negoció la renovación de contrato, pero misteriosamente se quedó con el pase y firmó en la otra vereda.
“¡Bienvenido a la casa del Campeón Uruguayo, Maxi!”, publicó la cuenta oficial de Nacional. La controversia estalló porque Silvera se acercó a Nacional peligrosamente apenas días después de la final ante Peñarol, que consagró al Bolso. Un 1 a 0 de hacha y tiza.
“No me gustaría que sea verdad que hubo acuerdo antes de los partidos. Como a todos los que queremos a Peñarol, nos dolió. Fue inesperado. Es una decisión personal y no tengo mucho más para decir”, contó Diego Aguirre, el sereno conductor de Peñarol.
Alejo Ibañez es hincha de Peñarol, tiene 22 años y es docente de Educación Física. Está muy enojado. “El disgusto más grande se lo lleva Diego Aguirre que fue quien lo apadrinó, defendió y bancó en todo momento, he incluso quería su renovación. Viéndolo como hincha, Peñarol pierde un jugador con poca capacidad goleadora, que terminó en un nivel bajísimo el año. Y además lo suplantamos con el goleador del campeonato, Abel Hernández, un verdadero Manya de ley, por lo tanto, mejor que se vaya. Ni enojo, ni decepción: a los traidores, indiferencia”, reflexiona, a pocos pasos de la Rambla de Pocitos.
Rafael Olivera simpatiza por la misma pasión y comparte la decepción. Es “un chofer de bondi”, de 64 años. “Como hincha de Peñarol te digo que me siento traicionado. Hablaba con Nacional teniendo contrato con Peñarol y le pedía al club en base a lo que le ofrecía Nacional, le mintió al DT que lo mostró y cotizó. No lo quiero nunca más en Peñarol”, se enoja, no tan lejos del World Trade Center, suerte de modernidad mezclada con el paisajismo.
Florencia Fernández se inclina por Nacional. De 32 años, es una contadora con “sentimientos encontrados”. Piensa unos segundos y argumenta: “Sabemos que es buen jugador, con condiciones, pero tiene que demostrar. Además, es un puesto que Nacional ya tiene cubierto, así que tiene que andar bien porque ahí además tenemos al Diente López… Obviamente genera satisfacción sacarle un jugador a Peñarol, sin dudas. Y fue darle otro golpe después de haberle ganado el campeonato y de la forma que se nos dio”.
Silvera fue titular aquel 30 de noviembre en la final ante Nacional y habló por primera vez en la conferencia de prensa, a modo de presentación, unos días atrás. “No fue una decisión fácil, sabemos lo que implica pasar de un rival a otro. Es una decisión complicada, charlada con la familia, pusimos muchas cosas sobre la mesa. Analizamos las ofertas que teníamos y pensamos que es la mejor decisión para mi carrera y mi futuro. Estoy convencido de que este es el club en el que quiero estar”, sostuvo el joven, barba candado y sonrisa blanquecina. Así se muestra a diario.
Ya se van a encontrar (otra vez): el 1° de febrero, Nacional y Peñarol definirán la Supercopa uruguaya en el estadio Centenario. “Siempre lo manejé con mucha tranquilidad, soy de tomar las cosas con mucha calma. En el momento que tomé la decisión estaba convencido. En ningún momento lo dudé. No le debo nada a nadie”, advirtió.
Sumó 30 goles y 13 asistencias en 96 encuentros en Peñarol. Más de una vez le preguntan si es “hincha de Nacional”. Toma distancia, aunque no tanto: “Todo el mundo sabe del cuadro que soy hincha. No me gusta andar diciendo de qué cuadro soy. La gente ya sabe. Quiero ganarme al hincha de Nacional demostrando dentro de la cancha. Estoy en esa línea”.
Historias de amores, odios y traiciones (futboleras, claro), hubo siempre. Símbolos que pasaron de Boca a River y del Monumental a la Bombonera son parte de la historia argentina. Sin embargo, en el verano montevideano, entre los ensayos de la Serie del Río de la Plata, alguien nombra “Maxi” y se prende la mecha. El fútbol respira con una intensidad mayor a Buenos Aires.
Lo explica Carlos Bueno, de fogosa carrera. “Me duele por el hincha y el dirigente, que pensaban que Silvera era ídolo. Ahí está: mirá. El hincha se come mucho el cuento. Yo nunca fui hincha de él. Ganaba bien. Ya me di cuenta hace muchos años que esto es por plata. A mí me da lo mismo que se vaya. No es uruguayo”, llegó a decir. Charly, de intenso y recordado paso por San Lorenzo, hasta criticó la capacidad goleadora de Silvera. “No fue un goleador. Vino como un goleador y lo que menos hizo fue goles. Yo soy nueve y lo criticaba porque no hacía goles. Si sos nueve y no hacés goles, no existe. Andate tranquilo, que te vaya bien. Ojalá alguno se anime a pegarle alguna patada… partirlo al medio cuando nos toque jugar contra él”, propone, fiel a su excesivo estilo.
Manteca Martínez (recuerdan por estas calles y como tantos otros) vivió algo parecido. Andaba en Deportivo La Coruña, en España. Aquejado por una lesión en la rodilla, jugó poco en el conjunto gallego. Entendía que era el momento para volver a Uruguay después de ocho años. Se sentó con su representante y amigo Francisco Casal con la idea de regresar a Peñarol. Terminó en Nacional. “En ese momento yo tendría que haber ido a Peñarol, pero no me quisieron”, cuenta el delantero que marcó una era en Boca.
Y firmó la decisión más difícil de su vida. “Al principio me costó y después que dije que sí, me seguía costando y no quería ir. Estaba muy identificado con Peñarol y sabía que me iban a mirar con lupa”, expresa. Al final, Martínez fue bicampeón y anotó el gol con que el Tricolor venció al Manya en la final del Uruguayo 2000.
El dueño de esta historia, algunos años atrás, debió alejarse de Danubio porque no le pagaban los boletos del ómnibus. En Cerrito le dieron una mano, pero aquellos días fueron un suplicio. El equipo auriverde descendió a la Segunda B Amateur, la que hoy es denominada la Primera División Amateur, la vieja C.
“La C no era lo que es ahora, hoy está más profesionalizada: antes era un poco más dura. Yo tenía 16 ó 17 años, así que era un gurí, y los rivales trataban de intimidarme con puteadas o juego brusco”, contó, tiempo atrás. El 16 de enero se confirmó el regreso de Silvera al fútbol uruguayo, exactamente dos años atrás. Lo buscó Diego Aguirre, el hoy abrumado Aguirre, que lo dirigió un puñado de semanas en Santos. Se puso la camiseta del Campeón del Siglo y al otro día le convirtió al Bolso, un 1 a 1 en un clásico estival.
Su ídolo es Luis Suárez, símbolo de Nacional, y se identifica con la presión de Rafael Santos Borré. “Me queda pintada”, afirma ahora, pícaro, abrigado con la camiseta del “Decano del fútbol uruguayo”.
