martes, 23 abril, 2024
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Diario de viaje del Mundial de rugby, día 49: ese lugar que unió para siempre a Jim Morrison, Edith Piaf y Oscar Wilde (entre muchos otros)

Llueve en Paris. Hay charcos en la calle en los que las gotas caen y hacen globitos. Cuando eso pasa -acá, en la Argentina, o dónde sea-, es señal de que el aguacero no va a parar. De todos modos, hay una cita que no se va a aguar, aunque sea en el cementerio. Extraña atracción turística la de visitar lugares de ese tipo. Pero hay una excusa. Ahí está la tumba de Jim Morrison y el reencuentro con sentimientos de la adolescencia, a veces, puede llevar a lugares inesperados.

La muerte y el rock tienen un coqueteo singular. Las celebridades del escenario son inalcanzables para el público y una tumba termina dejando a dos metros de distancia algo de todo eso que alguna vez fueron. El de Luca Prodan, en Avellaneda, era lo más parecido al sepulcro de Morrison en París. Al menos hasta que los restos del líder de Sumo fueron depositados en una urna y mudados debajo de una piedra gigante que viajo de Traslasierra, Córdoba, al conurbano bonaerense.

Fue la solución que encontró Andrea, su hermano, para evitar un traslado. En el cementerio las quejas por las visitas de ofrendas poco convencionales cada año renovaban el riesgo de mudanza. Ante un escenario de devoción similar, en el cementerio de Pere Lachaise optaron vallar la tumba de Morrison. Junto a la del Rey Lagarto quedaron cercadas otras. Aunque casi nadie repara en ellos: como no fueron celebridades sus habitantes luchan para no ser olvidados.

Las vallas tienen calcomanías de bandas. De cualquier género: rock, jazz, reggae… El árbol más cercano lleva un metro y medio de corteza recubierta con esterilla: acá, al parecer, las ofrendas más comunes son los chicles «usados». A lo la distancia se observan también los regalos de aquellos que pudieron llegar a la tumba.

La placa con el epitafio que eligió el padre de Jim Morrison y una frase en griego con dos traducciones posibles. Foto: Emmanuel Fernández La placa con el epitafio que eligió el padre de Jim Morrison y una frase en griego con dos traducciones posibles. Foto: Emmanuel Fernández Se observan un lagarto de plástico, un portarretratos con su foto y una pintura que no deja claro si estuvo inspirada en él o en Val Kilmer, cuando a principios de los 90 encarnó al cantante de The Doors en la película de Oliver Stone. También hay una piedra con un mensaje en italiano, un cuadro con la discografía de la banda que lideró y algunos querubines. También unas pocas suculentas en maceta.

“Fiel a su espíritu” o “Fiel a sus demonios”, es la traducción del epitafio en griego que se lee debajo de la leyenda “James Douglas Morrison 1948-1971″. Ya lleva 52 años allí y millares de personas lo visitan desde entonces. Sus restos son vecinos de los de Edith Piaf, que están ubicados bajo una tumba modesta que pasa desapercibida y que no debió ser vallada.

Lo contrario a la que sucede con Oscar Wilde, otra celebridad del camposanto parisino. Sus restos están debajo de un bloque de piedra esculpido de unas 20 toneladas inspirada en su poema «La Esfinge”. Igual que la de Morrison, la tumba de Wilde es muy visitada. Una vez un admirador tuvo la ocurrencia de dejar marcado un beso con rouge. Y su accionar se volvió tradición.

Las tareas de lavado erosionaban la piedra y el problema no se solucionó con una placa explicando el daño irreparable que causaba la curiosa muestra de cariño. La solución fue un recubrimiento de vidrio -¡qué horroroso le hubiese parecido a Wilde!- que la gente sigue besando.

La tumba de Jim Morrison en París está vallada. Foto: Emmanuel Fernández La tumba de Jim Morrison en París está vallada. Foto: Emmanuel Fernández El cementerio es gigante. Tiene 44 hectáreas y todos los estilos posibles para los distintos tipos de sepulcros. Tumbas góticas, panteón haussmaniano, mausoleo a la antigua y detalles singulares para albergar celebridades o personas cuyo paso por esta vida no tuvo especial difusión. Es un parque con su propia fauna, atípica para lo citadino de París. Solo los cuervos -además de los vivos- entran y salen del lugar.

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