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Mundos íntimos. A los 18 años vine a Buenos Aires fascinada por sus luces. ¿Qué sueños jamás se cumplieron y cuáles sí?

Me fui del pueblo como quien se va con el circo. Durante la infancia tenía esa idea: irme con el circo que llegaba los veranos con su hechizo de artistas y de magos. De hecho, al final de un verano me escapé de casa, tenía apenas seis años, fui hasta el campamento y les dije que me quería ir con ellos. Los gitanos me subieron a una camioneta que tenía un gran parlante que emitía música a todo volumen. Recorrieron el pueblo y luego me dejaron en casa. Mientras la camioneta daba vueltas recuerdo aún el estremecimiento de esa niña de pocos años, su audacia, su deseo, la fuerza que la impulsaba a semejante aventura.

Miraba por la ventana las casas bajas de un pueblo de provincia con banda sonora de pájaros y viento. Las arboledas de sinuoso verde. La letanía de los sauces. La dulce tristeza de alguna calle que termina. Sabía que detrás del horizonte donde las vías del tren se perdían, una ciudad misteriosa y de nombre hermoso me esperaba. Mi padre, cantor, de oficio relojero, escuchaba tangos melancólicos y camino de la escuela iba explicándome la vida mientras yo me empeñaba en romper con mis pisadas la escarcha helada del invierno en la llanura. Me explicaba la vida con la letra de algún tango. Esa música ciudadana tan alejada de los pájaros y el viento. Fue él quien me habló por primera vez de Buenos Aires.

Ana Gervasio, de pequeña, con su hermana menor, a la vera de un río donde les gustaba jugar.

El pueblo era letargo y silencio, largas horas detenidas en un paisaje áspero que contrastaban con el vibrato de mi corazón. Lo más hermoso del lugar estaba a pocos kilómetros de nuestra casa: un pequeño río tranquilo en cuya orilla crecían flores silvestres de color púrpura. Era nuestro lugar preferido con mi hermana, menor que yo. Un lugar que nos amparaba y nos llenaba de regocijo. A veces regresamos como quien regresa al Paraíso, ya no hay flores y el cauce casi seco apenas susurra incentivado por el viento.

Mi madre y mi padre tenían un localcito junto al taller de relojería. Vendían adornos tornasolados que llegaban en tren desde Buenos Aires. Esos frágiles adornos estaban envueltos en páginas de diarios, páginas que yo planchaba ávida con mis manos para poder leer las carteleras de los teatros de la calle Corrientes, deletreaba el nombre de cada uno y me detenía también en el nombre de un bar librería llamado Clásica y Moderna, desde ese lugar mínimo, guardado en los ojos asombrados de una niña, la vida era, entonces, el país de lo posible. El teatro y el cine, en aquella época, eran un resplandor que llegaba de una ciudad lejana con luces siempre encendidas. A veces corría hasta la estación para ver llegar el tren que venía desde Buenos Aires. Del vagón de carga bajaban una gran bolsa de lona blanca: allí venía la película que proyectarían el sábado en el cine local. Una vez más mi corazón latiendo fuerte. Me quedaba de pie en el andén viendo cómo cruzaban la plaza con esa bolsa al hombro. Esa bolsa guardaba un misterio que quería develar.

El abrazo de Ana Gervasio a su padre, que fue músico de orquesta y tocó en pueblos vecinos, pero su oficio cotidiano era el de relojero.

Los libros fueron siempre mi refugio. El lugar donde podía ser. La lectura se tornó un hábito cuando tenía siete años; me enfermé y tuve que hacer reposo durante cuarenta días. Mi padre me contaba cuentos y comencé a pedirle libros. Quienes venían a visitarme también traían libros, historietas, revistas. Por aquellas noches tenía un sueño recurrente: que me despertaba y sobre la mesa de luz encontraba una inmensa pila de libros. Leer hizo que comenzara a escribir. Escribía mi deseo, el asombro, la perplejidad, el miedo, quizás mi destino.

Años más tarde vinieron a filmar una película a una ciudad, cercana a mi pueblo natal, donde estaba cursando el secundario. “El sol en botellita”, era el título de esa película que algún tiempo después se quemó por accidente. “El sol en botellita” trascendió el envase y aquel resplandor iluminó el porvenir. Una vez más como aquella vez con el circo quería irme con la troupe del cine y esta vez nadie podría detenerme. Una madrugada de otoño partí desde la estación en el mismo tren añorado de la infancia. Tenía 18 años. Mi padre me saludaba desde el andén con el pulgar en alto. Se hacía diminuto a medida que me alejaba y lo miré hasta que fue un punto en la inmensidad del campo.

Cuando iba llegando a la estación del Ferrocarril San Martin, en Retiro, se veía una “vuelta al mundo”. Una gran rueda que giraba y me llamaba “a las puertas del cielo, al confín de los mares” como decía esa antigua canción en la voz de Gigliola Cinquetti que acompañaba las noches de los parques de diversiones con kermesse, que recalaban en los poblaciones de provincia cuando se estaba por terminar el verano. Otra vez la infancia, una reminiscencia de la memoria pero ahora en la enorme ciudad a la que tanto anhelé llegar. Venía para ser actriz. Lo primero que haría era escribirle a mi mamá una carta acompañada por un recorte en el que mi nombre figurara en una marquesina de un teatro de la calle Corrientes. Eso no ocurrió jamás.

Estudié teatro. Participé en elencos independientes. Escribimos junto a una compañera una obra de teatro, la dirigimos y la actuamos en el marco de un Festival. También estudié dirección. Lo intenté una y otra vez. Fue un camino tortuoso y arduo. Sin un peso en el bolsillo y trabajando muchas horas por día para subsistir y pagar una humilde pieza de pensión. Fueron varias en realidad. En distintos momentos. Pero las piezas de pensión son siempre las mismas aunque estén ubicadas en otra dirección postal. Paredes descascaradas, olor a humedad, una lamparita tenue que apenas iluminaba y el poster de Marilyn que había comprado el día que conocí Lavalle, por aquel entonces “la calle de los cines”. La soledad y el miedo de quién llega a un territorio hostil en busca de algo imposible. Al principio mentía y escribía largas cartas a mi familia contando lo bien que me iba. No quería que supieran la verdad.

Conocí en aquel momento un mundo diferente al que imaginaba. Trabajos mal pagos, abusos, violencia, desvalorización. La autoestima y la fe en sí misma, que tanto trabajo cuesta forjar, desaparece en un instante. Aprendí a resistir, a fortalecer el espíritu a fuerza de golpes. Descubrí, también, que el teatro era a menudo un espacio de egos, privilegios y desamor. Hubo personas en las que confiaba y me lastimaron hasta el desconcierto. Respetadas y con prestigio dentro del ambiente teatral. No hace falta que cuente detalles, ni que dé nombres. Anduve de frustración en frustración. De pérdida en pérdida. No es difícil imaginar el festín que es para los lobos una joven provinciana, sola y sin status social en una gran ciudad. Se hicieron un banquete con mi frágil historia.

Hasta el día de hoy creo que no me faltó talento para la actuación pero sí me faltó audacia. Porque fui intrépida para partir en busca de lo que deseaba pero no fui lo suficientemente fuerte para sostener ese deseo. Lo que fui revelando quebrantó mi voluntad. Seguí escribiendo como quien se aferra a una ramita débil en medio de un naufragio. Cuadernos que llevaba conmigo. Palabras que me sostuvieron en el desarraigo. En la desesperación de una noche, al acecho del peligro, sin tener un lugar para dormir. La poesía como una manera de mirar el mundo. Como un grito en medio de la calle desierta de un día domingo o el dolor que se aprende en una pieza de pensión.

La vida continuó entre encuentros y desencuentros. Regreso a mi lugar natal para las Navidades y cuando puedo tomar unos días de vacaciones porque allí sigue quieto, como una estampa, lo que para mí es el origen del universo. A pesar de todo nunca pensé en regresar definitivamente. Amé y amo a Buenos Aires retribuyendo con ese amor la manera en la que ella hoy me cobija. Tengo aquí, ahora, amores entrañables. Me gusta la ciudad en la época de las frutillas, ese aroma a frutas exóticas de las verdulerías, los jacarandás en flor y el canto de los zorzales. Es extraño, no menciono nada urbano, me doy cuenta que hablo de la naturaleza, la misma que abandoné por puro berretín de chica de provincia encandilada con el artificio ciudadano. Pero ahí radica la belleza, creo, en el perfume, el color, el trino que se cuela donde prevalece el cemento.

Mi padre no supo que mi libro de poemas “La calle de los pájaros” brilló a la luz de la luna, “que rodaba por Callao”, en la vidriera de Clásica y Moderna (aquel nombre que yo deletreaba en la página arrugada de un diario mientras él sonreía). Tampoco supo que en un momento retomé la Facultad y que no terminé Letras, pero estudié Edición y fundé una editorial. No sabe que soy editora y “hago” libros, iguales a esos que soñaba tener sobre mi mesa luz al despertar, cuando era niña.

No hay gramática que escriba-describa la muerte del padre. Son tantas muertes en esa muerte que es muy difícil reponerse del dolor para seguir. Fue él quien en todo momento me alentó para que hiciera lo que quería hacer, aunque tiempo después supe que mi partida lo había sumido en una profunda tristeza. Me escribía cartas semanales colmadas de amor alentándome, amortiguando el vacío de la distancia. Hace un tiempo me di cuenta de que los dos mentíamos sabiendo que nada sería como lo habíamos imaginado. Mi padre cantaba tangos. Tenía una voz preciosa y un jilguero en el alma. Como todo muchacho idealista de pequeña aldea le hubiera gustado cantar en una gran orquesta, esas que veía en la tapa de los discos de vinilo. Él cantaba desde muy joven en una orquesta y salía de gira por las localidades vecinas.

El día que fui a buscar su certificado de defunción, caminaba por la misma calle de tierra que tantas veces había caminado junto a él, llevaba apretada en una mano, como quien lleva un tesoro, la foto que habían despegado de su DNI; una señora que barría la vereda, se cruzó a darme el pésame y como lo había conocido desde niño, le pregunté: ¿Cómo era mi papá antes de mí? Me respondió con ternura: “Era un soñador”.

Durante los dos años que duró la dolorosa enfermedad que le devoró la vida con premura siguió el tratamiento médico en Buenos Aires, lo cuide día a día y hablamos de lo que teníamos pendiente. Fuimos juntos al teatro, cuando recuperaba sus fuerzas, a escuchar en vivo las grandes orquestas de tango que lo enamoraban en su juventud. Sin embargo jamás hablamos de lo que no pudimos lograr. Fue, quizás, un pacto de amor. Un silencio en el que cabía la vida entera, como aquella vez en la remota infancia en la que me preparaba para ver un espectáculo de fuegos artificiales en la plaza del pueblo y se desató una gran tormenta.

Los fuegos de artificio eran para mí estrellas caídas que en un momento renacían para volver al cielo. Me embelesaba ver las luces que crecían hasta perderse en las galaxias más lejanas. Esa noche no hubo estrellas, ni fuegos que las emularan. Al otro día pasamos con mi padre por la plaza, la tormenta había hecho estragos y en medio de árboles derribados y cables de alta tensión colgando de los postes, se erigían unos fierros retorcidos. Me di cuenta enseguida que “eso” era el artilugio de lo que yo creía, hasta el momento, eran estrellas que volvían a nacer. Ninguno de los dos dijo una palabra aunque su mano sobre mi hombro fue para siempre el amparo a aquel desencanto y a tantos otros.

Y aquí estoy, siempre entre libros. Militando la vida. Manteniendo intacta la obstinada manía de escribir y sosteniendo el credo de la poesía en esta ciudad de sobrevivientes. Con paso seguro a veces, a tientas otras. Sabiendo que a pesar de todo, en el desgarro de mi corazón se encauza un río.

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Soy Ana Gervasio, nací en Italó (Médano Grande en lengua Ranquel), sur de Córdoba. Actualmente resido en Buenos Aires. Escribo, soy editora y narradora oral. Amante incondicional de la poesía y obstinada militante de la vida. Escribo mucho pero publiqué un solo libro: La calle de los pájaros. Sostengo con cuerpo y corazón el proyecto editorial Linda y Fatal Ediciones que cuenta con títulos de poesía y narrativa, entre ellos varios de autores cubanos. La narración oral, el acto de contar o escuchar, es un gesto de generosidad por eso, también, transito ese camino. Y cualquier camino que me permita celebrar la belleza sencilla de los días.

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