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Mundos íntimos. Hice y me hicieron bullying. Hoy reflexiono y espero que no sea tarde para pedir perdón

                                                    I



Vena nació una tarde de febrero de 2019, unos días antes de que V. comenzara Salita de dos. Es lo que se suele llamar “muñeco/a de apego” y hasta hoy sigue siendo amado e imprescindible. Sé que, de algún modo, empecé a escribir este texto en mi cabeza mientras estábamos recortando la tela a imagen y semejanza de un molde de papel. En un momento, me vi desde afuera con las tijeras en las manos y lo imaginé a V. por primera vez en la escuela. Él, primer hijo y nieto, un nene que hasta ese momento había interactuado muy poco con otros de su edad y apenas nombraba el mundo con colores, rodeado por desconocidos, en la revelación de aprender a estar con los demás, a ser fuerte, a conocer otro tipo de límites, a inventar los propios. Recé para adentro: “por favor, que nadie te lastime”.

                                                        II

Siempre me costó hacer pie. Tanto en el suelo como en el aire. Les tenía terror por igual a las hamacas y a los demás. No es que no fuera capaz de tener amigos -de hecho siempre llegué a tener vínculos hondos sin demasiado esfuerzo y bastante naturalidad-; me refiero a una imposibilidad más constitutiva, identitaria. A no saber qué decir ni cómo reaccionar en el momento adecuado y que ese desfasaje terminara por aislarme o convertirme en un blanco de cargadas o violencia, eso que llaman bullying.

Quizá por todo esto siempre me sentí muy cómodo con las consignas y los cuidados de los adultos, con las reglas. O quizá esa comodidad, esa sobre adaptación, me hayan forjado un aura que atraía la violencia o el malestar de mis compañeros. Y no se trata de un recorrido trágico. Mi infancia sigue siendo un lugar de resistencia muy profundo. Me veo sin salir al recreo por quedarme copiando la tarea del pizarrón, me veo solo con el corazón temblando en un aula penumbrosa, veo a mi mamá entrando en la dirección para quejarse. Veo también a una compañerita del jardín, la primera persona que me hizo sentir parte. La escucho decirme su nombre sobre un fondo difuso, inexistente. Tiene un ojo celeste y un parche.

                                               III

Son las 6 de la mañana de un día de diciembre de 2002 y volvemos, dos compañeras de la escuela y yo, por Avenida de Mayo. Hace unas horas, antes de que saliéramos al centro de Ramos Mejía a tomar cerveza, comer pocho-clos salados y buscar un lugar donde bailar, las leonas le ganaron a Holanda la final del mundial de Hockey y lo vimos por televisión -es el año del mundial Corea Japón y después de esa tristeza, cualquier triunfo deportivo se potencia un poco más-. Acabamos de terminar el secundario y creo que hay onda con una de mis compañeras, la que me gustó y me odió toda la secundaria. Me siento algo así como pleno. Me anoté en el CBC, aprendí a tocar la guitarra, leí un texto propio ante mucha gente por primera vez, el duelo por mi papá ya terminó y aunque estamos todos medios quebrados y se viene la época de buscar trabajo, me siento parte de una esperanza, de un relato que funciona bien.

Damián Lamanna de niño, en 1988. Dice que les tenía terror a las hamacas “y a los demás”.

Pero siempre vuelve a pasar. En la relajación me olvido de doblar antes y a mitad de camino, unas diez cuadras después del centro y unas diez antes de mi casa me los vuelvo a cruzar. Son cuatro o cinco ex compañeros que en los últimos años se fueron yendo de la escuela por distintas razones. Cuatro o cinco excompañeros que hicieron que fuera bastante poco feliz adentro de un aula al menos dos de los tres años del polimodal. Me interceptan, me insultan, me amenazan, me pegan una patada en la mochila, uno me pide perdón y cuando le doy la mano, me doy cuenta de que estaba escupida. Después amagan escoltarme más cuadras “para seguirme molestando” pero uno se apiada y los hace cambiar de opinión, siguen otro camino. Quiero decir que escribo este recuerdo con vergüenza, que son cosas de las que por orgullo siempre me negué hablar. La humillación se parece bastante a la culpa porque hay una voz interior que todavía cree que decir estas cosas es sinónimo de no tener fortaleza, de ser un cagón, de no tener “hombría”.

En el viaje de egresados del secundario (Damián Lamanna, a la derecha), con dos compañeros y amigos con los que siempre se llevó bien. Pero hubo otros chicos -algunos que fueron dejando la escuela antes de terminar- que lo molestaban y él no sabía cómo reaccionar.

Creo, en cambio, que la escritura también puede ser para esto, para redimir, para mirar el horror de frente. Sigo y, ahora sí, es el momento de ver: veo un saco prestado para un cumpleaños de quince arruinado a propósito, veo que me intentan hacer comer comida escupida y como no acepto me tiran bebida encima y toda la mesa se ríe, veo un auto que se me viene encima y tengo que saltar a la vereda por las dudas de que se les haya ocurrido atropellarme, desde adentro se escuchan risas, veo insultos y aprietes en la escuela, veo una campera de jean robada, veo volver a casa con miedo, veo también cuando se la agarran con otros más débiles, que ni siquiera están dispuestos a defenderse en esos espacios de socialización llamados fútbol o boliche. Veo cómo incluso yo me río sin ganas cuando la bomba no me cae a mí. Supervivencia y eso es todo. “Por favor, que nadie te lastime”.

                                                     IV

– Escuchame V., vos jamás molestes a nadie. Pero si alguien te pega o te empuja, piña en la nariz.

– Mejor en la manito.

– No, piña en la nariz. Vas a ver que se calma inmediatamente.

– Damián, estás loco, no le digas eso.

                                                    V

Desde hace unos diez años es el mismo sueño -la misma metáfora- con algunas variaciones de escena. En una, juego al fútbol en una cancha inmensa y, como si me desdoblara y pudiera ver todo desde arriba, logro visionar mentalmente todos los movimientos. Tengo la certeza de que puedo anticipar cualquier toque del contrario o devolver paredes o llegar con ventaja a las pelotas divididas pero cuando efectivamente lo intento no puedo moverme, mucho menos trabar o pasar la pelota: me anticipan o queda corta, sin fuerza. Es como si estuviera clavado en el pasto o atado a algo que no veo pero sé que está ahí. En otra escena, me estoy agarrando a piñas y siento los brazos entumecidos. Pesan toneladas y apenas puedo moverlos. Pego sin fuerza y tampoco me duelen los golpes. Quiero pelear y a la vez no puedo salir del simulacro.

Hace algunas semanas nos juntamos a comer con amigos del secundario. Es un ritual que sostenemos desde que egresamos hace veinte años y cada vez se disfruta más. Aunque en muchos casos apenas si tenemos un vínculo cotidiano más allá de las descansadas futbolísticas, siento que compartimos una ética, una paz, una simpleza.

La pasamos bien, hablamos de Gallardo y Riquelme, de nuestras familias, a veces de política cuando la espuma está baja, hacemos circular chismes de gente conocida, nos queremos y respetamos. También hablamos del pasado. Esta última vez apareció una anécdota que nos unió a todos. Fue en primer año de polimodal. Una mañana en que los chicos más débiles y aislados del curso fueron presionados y amenazados para rubricar -por escrito- que se comprometían a hacerles la tarea a los que mandaban. También a regalarles la comida y servirlos bajo amenaza de violencia física. Cosas de adolescentes, suele decirse: una amenaza celebrada por casi todos como un gran chiste, excepto por los que estaban del otro lado, los que no tenían a nadie con quien poder plantarse. Me acuerdo muy bien, me acuerdo cada vez que tengo miedo. Digo que no voy a firmar ningún apriete y me rodean para que lo haga. Estoy sentado y tengo a muchas personas alrededor amenazándome. Finalmente firmo; me humillo como ahora mientras escribo y lloro para adentro. Una herradura en el pecho, sangre escondida adentro del puño.

La parrilla está vacía y todos se ríen. Ellos no saben que yo estaba ahí. De repente otra vez me siento muy solo.

                                                     VI

-Papá, el otro día B. estaba llorando tirado en el suelo y yo lo empecé a imitar.

-¿Te burlaste? ¿Por qué hiciste eso?

-Porque lo odio.

                                                   VII

Creo en el perdón como una ética, como una razón de supervivencia y de comprensión frente a la entropía. Algo así como “poder pasar página” o entender la imposibilidad del otro para ver a los demás. Sin embargo, los sentimientos no pueden ponerse bajo control. La poeta Melisa Papillo tiene un poema que dice “todos tenemos un recuerdo/que nos hace apretar el puño contra un hueso/y preguntar por qué”. Muchas veces voy caminando por la calle, la memoria golpea y me paro de golpe. El dolor sube y se clava en las muelas. Siento que en ese momento haría lo que sea. Que quiero volver a vivir de nuevo para defenderme, pelear hasta no poder más, que elijo la sangre en el suelo, que me maten, antes que la quietud, que el no poder. Siento que si no, nunca voy a poder trabar y ganar en el sueño, que las alas que nunca tuve van a colgar podridas de un árbol para siempre. Siento que el fuego se come su sombra. Que el miedo se me confunde con la piel. Y tartamudeo, y apenas puedo ofrecerme a gente nueva sin temblar o cruzar los brazos como si me defendiese, sin sentir un nudo justo ahí, donde debería haber un agujero.

                                             VIII

Me encantaría que el primer recuerdo en venir cuando pienso en A. fuera este: una tarde de diciembre de la década del 90, viento rojo, mi primo y yo llenamos bombitas de agua y las tiramos desde mi terraza contra el balcón alto de la casa de al lado. A. y su amigo tienen la ventaja de la altura. Mientras que a nosotros dos nos cuesta llegar y acertarle a su balcón, las bombas nos caen con facilidad. Aunque parece una metáfora social burda, es un juego en el que nadie pierde. Esa tarde nos hacemos amigos.

En el barrio, todos hablaban de la familia de A.: otra familia con lo justo en un barrio de gente con lo justo. Hablaba la moral chusma de los noventa: una madre muerta y un papá que se volvió a casar. Una niña enferma en casa y una mezcla de lástima con desprecio. La amplificación de las miradas sobre una familia que en los dosmiles sería llamada “familia ensamblada” y hoy por hoy “familia” a secas. Todos hablaban y el peso del lenguaje caía en el peor lugar, en los hijos. Ahora A. viene caminando por nuestra cuadra. Viene A., el que se quedó afuera del grupo, al que un día dejamos de tocarle el timbre para jugar a la pelota en la calle. Se acerca muy despacio y nos ponemos en guardia, listos para atacar y hacerlo sentir mal. Él acepta la que se le viene e igual viene a saludarnos, porque alguna vez fuimos sus amigos: la bajeza responde. Por un segundo somos los niños infames de “El niño proletario”. Soy. Me burlo de sus medias rotas y sus ojotas y a él se le llenan los ojos de lágrimas. Me dice que me vaya a la mierda y tapo mi vergüenza por lo que acabo de hacer -porque me di cuenta ahí mismo- buscándolo para pelear. Por suerte nos pegamos los dos. Por suerte a mí también me sangra la boca. Él se va y todos le gritan cosas. Ese mismo año la familia de A. se fue del barrio. No nos despedimos.

Amigo, hoy quiero decirte, donde quiera que estés, que si todo lo que vino después, si todas esas veces en que el estómago se me llenó de hielo y no supe qué hacer fueron el eco de esa crueldad, de esa cobardía, lo acepto. Me gustaría creer que esa tarde nunca volvió para lastimarte, saber que nunca necesitaste apretar los ojos contra la mandíbula para no llorar, que la infancia nunca dejó de ser una tarde de sol con el cielo surcado por bombitas de agua hacia donde volver. Ojalá algún día puedas perdonarme.

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Damián Lamanna Guiñazú trabaja como docente y gestor cultural. Es Licenciado y Profesor en Letras (UBA) y magíster en Escritura Creativa (UNTREF). Publicó cuatro libros de poemas -”Para siempre a ese fantasma” (Promesa editorial, 2022), “Propiedad horizontal” (Añosluz editora, 2016), “Después de la superficie” (Editorial simulcoop, 2013) y “Dormir en la espalda de la lengua” (edición de autor, 2011)- y editó un disco “La culpa del mundo” (2019) con la banda homónima. Se crió entre Ramos Mejía y San Justo y vive en Caseros, siempre en la provincia de Buenos Aires. Integra el colectivo poético-político Ova Incompleta y camina y viaja con auriculares.

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