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Daniel Scioli, los planes del resucitado

Daniel Osvaldo Scioli prefiere llamar a tener que mandar mensajes desde su celular. Fue lo que hizo en la tarde del sábado 4, cuando el tuit bomba de Cristina Kirchner contra Matías Kulfas ya había sido lanzado y las horas del entonces ministro de Desarrollo Productivo estaban contadas. “¿Tenés algún nombre? ¿Sabés quien va?”, preguntaba en esos minutos intensos el embajador de Brasil a sus contactos en la Argentina. Esta es una anécdota que repiten en el universo sciolista, y que ilustra a la perfección quién es el bombero que trajo Alberto Fernández para intentar apagar el incendio de la interna. Es que los que la cuentan invitan a leerla como prueba irrefutable de la buena voluntad de Scioli, que estaba tan afuera de la rosca que ni siquiera imaginaba que iba a ser él mismo el reemplazante. Pero también hay otra lectura, como sucede siempre con “el Pichichi”, el hombre que logró ser amigo de Lula y de Bolsonaro, el que fue vice de Néstor Kirchner a pesar de que este ni siquiera le dirigía la palabra, el que llegó a ser el candidato a la sucesión de CFK aunque el cristinismo le había hecho la vida imposible como gobernador: que el motonauta preguntaba porque quería regresar a la primera línea de la política de su país, ese que no presidió por apenas un punto.

De cualquier manera, más allá de las interpretaciones hay algo que está claro: el operativo revancha de Scioli ya está en marcha.

LA HISTORIA SE REPITE

Hay dos personas que integran lo alto de este Gobierno a las que Néstor Kirchner les profetizó su futuro. Uno es Sergio Massa. “Vas a llegar, porque tenés ambición, amigos con plata y sobre todo porque sos un hijo de puta”, le dijo cuando el tigrense asumió como jefe de Gabinete, mientras lo invitaba a probar por un rato la comodidad del sillón de Rivadavia. A Scioli, cuando se convirtió en su vice, le dijo algo parecido. “Vos vas a ser Presidente, Daniel, pero te doy un consejo: no te apures tanto”. Era una amenaza disimulada en un elogio, típica maniobra pingüina. Durante gran parte de los cuatro años que siguieron, Néstor no le atendió el teléfono y le prohibió a todos sus funcionarios hablar con él, celoso de lo bien que le daban las encuestas a su compañero de fórmula y por las ostensibles diferencias de construcción política que tenían. Todos en el Gabinete tenían vedada la palabra y el encuentro con su vice, salvo uno: Alberto Fernández.

Fue él quien ahora lo llamó en la tarde del sábado 2. “Por favor, Daniel, te necesito de ministro”, le dijo

Alberto desde el otro lado del teléfono. El radiopasillo de la Casa Rosada cuenta que, antes de hacer ese llamado, Fernández había intentado con Cecilia Todesca Bocco, una de sus economistas de cabecera que ahora está en Cancillería y a la que le gusta tanto su bajo perfil que no lo abandonaría ni siquiera por un cargo ministerial.

El pedido de Fernández a Scioli era el corolario de un largo proceso de acercamiento entre los dos, que cerca de ambos coinciden en señalar que ya llegó al grado de amistad: hablan todas las semanas, se mandan mensajes directos por celular y el Presidente -para sorpresa de varios de los presentes- hasta lo invitó a su festejo de cumpleaños, el 2 de abril en la Quinta de Olivos. Scioli fue parte de la reducida comitiva que vio al mandatario montar en cólera cuando le llegó el regalo de Cristina, el libro de Juan Carlos Torre -sobre la intimidad de cómo el gobierno alfonsinista sucumbió ante la híper- que causó otra crisis en la relación entre los Fernández porque Alberto se dio por aludido.

La propuesta ministerial era, también, el fruto de su trabajo en la embajada, bien valorado por todo el arco del oficialismo, que destaca el acercamiento comercial con Brasil y la sintonía fina con la que manejó el delicado vínculo con Bolsonaro. Desde el ministerio que ahora va a comandar -en el que ya están colgadas varias banderas de “bienvenida” al “compañero”- llega también otra

versión, que parte del entorno aún en luto de Kulfas: “No te olvides de que cuando Matías se fue a Escocia, para anunciar la inversión en hidrógeno verde, Daniel anduvo de visita por acá, reuniéndose con los funcionarios que conocía de cuando era gobernador”. Desde esta vereda dicen, con cierta maldad, que la llegada de Scioli al puesto es producto también de este silencioso trabajo.

De cualquier manera, desde el sciolismo juran que el otrora segundo de Néstor no quería irse de su puesto, que estaba satisfecho con su trabajo y con el país vecino -lo mismo le sucedía a su novia, la modelo Gisela Berger, madre de su hija Francesca- y que sólo aceptó por el afecto que le tiene al Presidente y por su “compromiso” con el Frente. Aunque el embajador no pasaba ni un mes sin visitar su país y llevarse de regreso a Brasil su sagrada pastrafrola, su postre preferido, es verdad que Scioli estaba cómodo allá. Mantuvo dos encuentros privados con Lula, que tiene serias chances de convertirse en nuevo presidente en las elecciones de octubre, y cinco con Bolsonaro.

El último mano a mano ocurrió en su último día en tierra carioca, cuando Scioli ya estaba en camino al aeropuerto. El mandatario brasileño lo llamó para despedirse, en lo que fue la primera y única visita del saliente embajador a la residencia presidencial, el Palacio de la Alvorada. Fue un encuentro cordial de media hora, en el que Scioli le regaló una réplica de la lancha en la que corría y con la que salió campeón del mundo -“la gran Argentina”-, y el brasileño le contó detalles de su reciente encuentro con Alberto en la Cumbre de las Américas. De hecho, como la reunión no estaba prevista, el flamante ministro tuvo que literalmente correr para no perder su vuelo.

En la madrugada del lunes 13, luego de una agitadísima semana en la que debió organizar su mudanza, conseguirle un nuevo colegio a su hija de casi 5 años, y pedir que en su casa en Villa La Ñata rearmen una de las canchas para que sea como la del deporte que inventó, una bizarra mezcla de paddle en una cancha de tenis reducida, “el Pichichi” estaba de regreso en su país. De vuelta a la primera plana de la política, el lugar al que la mayoría -por no decir la totalidad- del círculo rojo pensaba que jamás iba a poder regresar.

RETRUCO

Scioli estaba enojado. “Me van a tener que pegar un tiro en la cabeza”, dijo. Luego advirtió, en una entrevista en Radio 10: “Pero apunten bien, y no me dejen herido. Yo ya perdí un brazo y seguí adelante”. El motonauta venía de comerse una trompada, en una visita a Lobería, cuando un grupo de manifestantes agropecuarios lo atacaron. Era el año 2009 y las heridas por el conflicto con el campo estaban muy abiertas. Uno de los manotazos encontró su mentón y el entonces gobernador bonaerense, que sufría mes a mes cuando el gobierno que comandaba CFK no le giraba la coparticipación en tiempo y forma como para pagar los sueldos, terminó en el suelo. Fue una piña certera, pero no sería la última que sufriría.

Los que estaban con Scioli en la campaña del 2015 tienen para escribir una biblioteca sobre los destratos del cristinismo. Carlos Zannini lo amenazó con renunciarle al segundo lugar de la fórmula, el gobierno le retaceaba la coparticipación, Carta Abierta lo atacaba a diario en sus editoriales, y en los “patios militantes” que protagonizaba la entonces

Presidenta se hablaba de votar “al proyecto”. “Cristina, mi nombre es Daniel y mi apellido Scioli. No me llamo Daniel Proyecto”, jura un sciolista que le dijo su jefe a CFK en los días previos a la votación, ya hastiado de tanto maltrato.

Luego de la derrota contra Macri, “el Pichichi”, históricamente mirado de reojo por los Kirchner, se convirtió en un paria. “Cuando decía que seguía trabajando con Daniel me preguntaban si estaba loco, me decían que era un muerto político él”, cuenta un histórico colaborador de Scioli que al día de hoy sigue con él. En el 2017, Cristina lo incluyó quinto en la lista a diputados por la Provincia, un premio que para muchos era más bien un consuelo. “Pero Daniel siguió trabajando”, dicen cerca suyo.

Desde entonces pasó mucha agua bajo el puente. Scioli, en su última visita a la Argentina hace un mes, hizo dos cosas. La primera fue ir a jugar a La Ñata, su club de fútbol que milita en la primera división de futsal de la AFA y que está enfrente de su casa. “Vengan al partido que hoy vuelve ‘el Pichichi'”, le dijo a varios de sus amigos. Aunque prometió “por lo menos un gol” antes del encuentro, el resultado fue pobre: terminó errando un penal que se fue muy por arriba del travesaño. Lo otro que hizo en ese viaje relámpago fue enviarle un mensaje a Cristina. Le dijo que la quería ver. La vicepresidenta lo recibió en su despacho en el Senado, en lo que fue un encuentro muy cordial, aunque hacía mucho no se veían. Ahí sí se notó el ofalto del goleador: tres semanas después Alberto lo llamaba para ofrecerle el cargo. Su visita a CFK había sido más que oportuna.

Sin embargo, está claro que a algunas heridas les cuesta cerrar. En un acto en Quilmes, el mismo día en que se conoció la renuncia de Kulfas y la designación de Scioli, Máximo Kirchner disparó duro contra el flamante ministro. Le recordó su viaje a Italia en plena campaña 2015, y calificó de “insólita” su decisión de haber anunciado el Gabinete antes del ballotage. Con La Cámpora, Scioli tuvo históricamente aún peor vínculo que con CFK. “Son los que le llenan la cabeza a Cristina”, dijo sobre ellos el motonauta en el 2019. Un íntimo colaborador de Alberto jura que esa tensión dura hasta el día de hoy, y cuenta que recibió reprimendas de parte de los más altos dirigentes de La Cámpora cuando, en las últimas elecciones, sentó a Scioli al lado de uno de ellos en un acto. “¿Cómo me vas a poner al lado del que nos hizo perder en el 2015?”, dice que le dijo el camporista. Cómo continuará esta tensión con “el Pichichi” en el Gabinete es un misterio por ahora.

A LA CANCHA

No es la única tensión que deberá aflojar Scioli dentro del Gobierno. Además de La Cámpora, tiene un frente abierto con Sergio Massa. Con el tigrense tuvo varios cruces a lo largo del tiempo, pero destacan dos. En el 2013 el entonces gobernador estuvo a punto de romper con el kirchnerismo para sumar fuerzas con el Frente Renovador, pero se bajó literalmente en el último día del cierre de listas. Luego llegó el episodio del robo a la casa de Massa, del que en su momento Scioli declaró que “estaba lleno de sospechas”. Fue la gota que rebasó el vaso para los Massa, que entonces le hicieron la cruz. Malena Galmarini, cuando se lo cruzó en un canal de televisión, le lanzó un sutil “con vos todo malo, pedazo de forro”. Por eso el ex gobernador, equilibrista nato, le envió un mensaje al presidente de la Cámara. “Nos tenemos que juntar”, le dijo, después de la designación. Desde el ministerio, además, hay varias leyes que impulsaron y que aún no salieron, pero esa va a ser una excusa para que ambos limen asperezas.

No será, seguramente, el único tema de charla que tendrá con otro que sueña con el sillón de Rivadavia. Scioli -como ya lo sabe Ariel Schale, secretario de Industria de la era Kulfas, a quien en el ministerio señalan como quien será el gestor en el día a día- llega para reforzar un Gabinete al que le faltan ministros que se destaquen o que tengan alto perfil. “Daniel va a hacer lo que sabe, va a recorrer fábrica por fábrica, pyme por pyme”, dicen cerca suyo, un adelanto de lo que va a ser el estilo sciolista: mucha presencia política y mediática, en un perfil alto que lo va a convertir en una especie de vocero del Gobierno. Eso -más los 49 puntos que sacó en el 2015- y su intención de mostrarse como la “síntesis” de la unidad, componer las heridas de la interna, lo ponen en carrera directa para el 2023.

En su entorno repiten una anécdota. Dicen que Alberto, en una de sus charlas, le dijo que si él no llegaba en condiciones lo iba a apoyar a Scioli para que sea el candidato del oficialismo. El ahora ministro le retrucó que él iba a trabajar para su reelección, pero que en caso de que lo necesitara estaría ahí, compitiendo en lo que muchos imaginan que va a ser una gran PASO. “Incondicional”, como decían los spots que grabó en el 2015 y que en abril se volvieron a viralizar, misteriosamente, en las redes. En ese entonces, el embajador de Brasil negó que ese nuevo raid de sus viejos spots hayan tenido algo que ver con él. “Si Macri juega el año que viene, te aseguro que el rival va a ser Daniel. Y ahí sí que tiene serias chances de ganar”, se esperanza uno de sus laderos, que quiere creer que se puede reeditar el mano a mano del ballotage, en una especie de batalla épica y final.

“Es que el tiempo, como dice Daniel, es un gran ordenador, y a él le dio la razón: el macrismo hizo todo lo que él había anticipado”, dice uno de sus hombres. Está ilusionado. Es que “el Pichichi” olfatea el gol. Se activó el plan revancha.

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