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La nueva historia de Marcelo Birmajer: El vino empezado

El profesor Soker decidió que la investigación había concluido. La anomalía de nacimiento que presentaba el cordero no ameritaba posteriores cotejos. ¿Había valido la pena el viaje desde la Capital hasta ese remoto rincón de la Pampa húmeda?

El veredicto sobre esa pregunta debía dictarlo en todo caso la empresa: lo habían enviado, pagado sus gastos y lo consideraban parte de sus tareas. Nacido en Buenos Aires y porteño de toda la vida, Soker apreciaba cada travesía, con mayores expectativas de las que finalmente cada uno de esos traslados efectivamente brindaba.

El alba, abordar el tren, el micro o el avión, le despertaban un anhelo juvenil, de ilusiones y esperanzas. Luego la terminal semivacía, el hotel tres estrellas, los viajantes impasibles, lo decepcionaban. Buscó un restaurant donde vengar la inutilidad de ese viaje.

Un costillar de cordero, una ensalada y un vino, para ahogar -no las penas, eso era imposible-, sino la sensación de inanidad, el tiempo perdido.

Cordero no había: vacío, con puré, era el único corte de carne y la única guarnición. ¡Vacío!, nada menos, tal como se sentía. La camarera le explicó que solo había vino de litro: de la casa. Y el dueño, en la caja registradora, le aclaró que se trataba de un vino del lugar, confeccionado por ellos mismos, junto a otros ganaderos.

Soker pensaba preguntar por qué, si eran ganaderos, solo ofrecían un corte de carne. Pero lo trataban maravillosamente bien, tanto el ganadero como la camarera, y prefirió simplemente aceptar lo existente.

– Pida la de litro -insistió el dueño-. No se arrepentirá. Lo que deje, se lo guardamos para mañana.

A Soker aún le quedaba otra noche en el pueblo, y aceptó.

La moza era de una belleza deslumbrante. Allí, entre el asfalto y el campo, emergía como un fenómeno estelar. Sus formas llenas y respingadas, su rostro diáfano, a la vez enigmático, y sin maquillar. Era tan hermosa que iluminaba.

Ella abrió el vino sin gracia y con esfuerzo. Vertió un trago en la copa de Soker y lo invitó a probar, para validar o rechazar la botella. Soker había pasado infinidad de veces por la misma farsa, con aires de ceremonia: catar el vino y asentir.

No tenía la menor idea de si un vino estaba en su mejor momento, si era excesivamente agrio, dulce o lo habían abierto antes de tiempo. Sólo podía atestiguar, horas después, si le había caído bien o mal. Pero… ¿catarlo?

Bajo ningún concepto. Era como si lo desafiaran a confirmar el funcionamiento de una usina nuclear o garantizar la efectividad de una cinta de procesamiento de gaseosas. ¿Cómo podía advertir si el proceder era óptimo o caduco? No estaba dentro de sus posibilidades cognitivas.

Invariablemente se limitaba a beber un sorbo de vino, poner cara de entendido, chasquear la lengua e indicar que le sirvieran el resto. También pasaba la nariz por el borde de la copa como si significara algo. (Lo mismo podía haber acercado el oído o embeber el lóbulo de una oreja en el líquido tinto).

Pero en esta ocasión, mientras clavaba sus ojos ineludiblemente en la camarera, al chasquear la lengua, el vino le resultó tan deplorable que casi lo escupió. Solo la belleza incólume de la camarera le permitió reprimir el grito y la expresión de asco. Bebió el líquido infame e invitó a que le sirviera el resto de la copa.

¿De qué otro modo podía obrar? “No, el vino no es de mi agrado. Traigan otra botella”. ¿Quién era, el marqués de Mantúa? ¿El comediante del Toboso? ¿El sommelier oculto? En los centenares de veces en que burlándose de sí mismo y la circunstancia había fungido de catador, nunca se le había presentado la disyuntiva de hierro de rechazar un vino. “Ha de ser la cosecha del ’90, que salió despareja”.

No encontraba argumentos para deshacerse de la botella, y los que se le ocurrían le resultaban ridículos. Lo reputarían como al molesto que hace un ring raje o una cargada telefónica. “No sabés, ayer vino un porteño que se hacía el gourmet. Se debe pensar que es el Gato Dumas”.

Como un hombre acepta las penalidades insensatas de la vida -el propio rostro, las innatas debilidades- debía aceptar también su botella de vino rancio. En eso consistía la virilidad en el siglo XXI, en ese pequeño pueblo, en esa coyuntura, con esas personas.

Durante la cena, se las arregló para beber apenas un sorbo más y tirar el resto del contenido de la copa debajo de la mesa. Terminó su vacío con puré, la camarera le llevó la botella al dueño –con más de la mitad del vino restante- y éste la tapó con el mismo corcho, declarando: – Aquí se queda hasta mañana. Verá que mañana por la noche, habiendo “respirado”, está incluso mejor. ¿Qué le pareció?

– Exquisito -improvisó Soker y dejó una propina suculenta, como si el hecho de que el vino le hubiera parecido abominable fuera una culpa propia y debiera pagarla en efectivo-.

El poco vino que había ingerido le cayó terriblemente mal. Pero incluso así, pasó el día siguiente vagando por el pueblo no sabiendo cómo evadiría la responsabilidad de vaciar la botella pre paga. Haber pagado la botella no lo liberaba como cliente: lo ataba como ser humano. Renunciar a la botella se le aparecía como un desplante descomunal.

Para colmo, tropezó con la camarera, de civil, ella saliendo de la verdulería autoservicio. Lo miró, con las plantas de remolacha y el perejil asomando por encima de la bolsa y lo invitó: – Hoy a la noche venga a tomar el vino. Lo trataremos mejor que ayer.

Relojeó los ojazos formidables y se fue bamboleando sutilmente las caderas, con un movimiento forestal. Soker pensó que era capaz de tomar cicuta con tal de volver a verla. Pero no ese vino. No lo podían condenar a beber nuevamente esa pócima agria y destructiva. Tampoco cabía arrojar el contenido íntegro al piso: lo descubrirían.

Lo que sentía en ese momento era que había dejado a una novia en el altar, aguardándolo. Pero la casadera no era la moza, sino la situación: se había comprometido a regresar y terminar el vino que había pagado. ¿Por qué se enredaba en esos galimatías? Repentinamente, lo asaltó una decisión temeraria: se presentaría, a la hora señalada, como Gary Cooper, y reconocería su fatídica posición.

“Lo lamento: cada vez que cato un vino, chasqueo la lengua y apruebo, es falso. Nunca en mi vida he sido capaz de distinguir un vino. Pero este vino es realmente malo. No hace falta ser Anthony Bourdain para darse cuenta. Es una porquería: no es vuestra culpa. Algo debe haber salido mal. Fíjense en mí mismo, por ejemplo. Nadie es culpable. Pero no puedo beber ese jarabe infernal. Tráiganme un agua con gas”.

Pero si confesaba, centenares, quizás miles, de responsables de restaurantes de todo el orbe sabrían que les había tomado el pelo. Cada una de sus aprobaciones de cada una de las botellas no había sido más que un tinglado.

Cuando caía la noche, decidió escapar en el tren. Su pasaje original era en micro, a las 10 de la mañana del día posterior. Compró el ticket en el momento y se subió como escapando de sí mismo.

En un asiento doble, la camarera y un hombre algo mayor que el propio Soker, se besaban furiosamente. ¿Pero ella no debía estar trabajando en ese momento, en el restaurant? En un ínfimo momento de pausa, ella lo miró por encima de su amante, como diciéndole: – No voy a trabajar porque me escapo con él. Mañana regreso. Vos me perdiste.

El guarda entró a pedir boletos. Llevaba, atado a una soga, el cordero de dos cabezas.

WD

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