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Mundos íntimos. Me operaron y quizás perdía el útero: es diferente no desear tener hijos que no poder y eso me intimidó

¿Es lo mismo no desear un hijo que no poder concebirlo? ¿O no saber si se desea un hijo, pero recibir la certeza de su imposibilidad? ¿O que el deseo de un hijo quede trunco por un accidente, una contingencia biológica? Mucho se ha hablado, y se ha escrito, sobre la maternidad como elección y sobre el derecho a elegir no ser madre. Pero estas preguntas se erigen sobre otro suelo, poco explorado, quizás más intrincado. El de las maternidades donde la posibilidad de elegir quedó enterrada por lo inesperado y lo incalculable.

No, no es lo mismo. No es lo mismo no querer que no poder. Porque «mi cuerpo, mi decisión» no aplica cuando el cuerpo se subleva, se impone, decide por sí mismo. Porque la maternidad, y su contrario, es un terreno donde la cartografía del deseo puede difuminarse y confundirse hasta el exilio de todo mapa.

Calesita. María Magdalena, de pequeña, cuando desconocía los desafíos que iba a enfrentar.

No está en mis planes tener hijos. Sin embargo, cuando un ginecólogo me anunció con crudeza, en diciembre del 2020, que un embarazo en mi cuerpo sería inviable, porque el mioma que venía engendrando desde hace años ya tenía un tamaño mayor al de mi útero, lo sentí como un puñal. También fue un puñal cuando, un año después, la cirugía para extraer el mioma se volvió impostergable, y perder el útero una posibilidad. Un mioma es un tumor benigno que puede formarse en distintas partes del útero. No siempre imposibilita el embarazo y no siempre la cirugía para extraerlo implica una histerectomía. Pero en mi caso, el mioma había crecido de manera desaforada en poco tiempo y comenzaba a presionar los órganos a su alrededor. Las complicaciones eran inminentes.

Durante los días pre-quirúrgicos me han dicho frases memorables; bienintencionadas todas. Pero la más insistente fue esta: «Si vos no querés tener hijos, ¿para qué querés el útero?». Un intento de consuelo, sin dudas, recibido de parte de personas cercanas y queridas. Pero el sentido común puede ser un flagelo cuando se dividen las aguas con semejante simpleza: de un lado están las mujeres que desean tener hijos, y del otro lado las que desean no tenerlos. El deseo, desde esa perspectiva, no implicaría conflicto.

Pero en el medio existe un terreno ambiguo, pantanoso, complejo. Hay cuestiones del cuerpo que no pueden ser aliviadas por ningún sentido –a veces, incluso, sucede lo contrario–, y mucho menos común. En un libro titulado “Una madre es un piano triste”, la poeta y periodista María Malusardi explora lo que denomina su maternidad-no, a partir de la experiencia de una histerectomía, en diálogo con las maternidades tristes, anheladas, frustradas, feroces y contradictorias de las mujeres de su vida y de la literatura. Allí dice, por ejemplo, que no tener hijos es una disidencia: “Disidencia. Una palabra extasiada en estos tiempos. Soy disidente: no he tenido hijos. He querido no tener hijos. He sufrido por no tener hijos. He sufrido por no querer. He sufrido por querer y no poder. ¿He perdido al mundo? La maternidad es un estado ambiguo sin precedentes”.

El sentido común barre debajo de la alfombra esa ambigüedad. Entonces, parece indicar que podría ir por la vida mutilada, porque no desear hijos convierte a mi útero en un órgano prescindible. El sentido común también supone que el médico hará todo lo posible por conservarlo, debido a que aún soy joven y querré tener hijos. Así lo dice, sin preguntarme. No lo contradigo. Contradecirlo, pienso, me expondría a que entonces no se esfuerce lo suficiente por conservarlo. Porque para qué lo querría. Si no voy a ser madre. Pero resulta que lo quiero igual. Y lo que no quiero es que me extirpen mi deseo: mutable, movible, contradictorio, errante. Conflictivo.

Cuando nos acostamos en una camilla médica, en este caso ginecológica, la mayoría de las veces nos convertimos en cuerpos sin historia. Por supuesto que antes acontece el interrogatorio obligado: historial de enfermedades, cirugías y alergias; embarazos y/o abortos previos; métodos anticonceptivos utilizados.

Datos a ser llenados en una ficha técnica que apenas dicen algo acerca del organismo sobre el que se interroga. Pero nada sobre el cuerpo que goza y padece, el cuerpo sobre el que se inscribe, y escribe al mismo tiempo, la historia singular de cada una. Así como no lo contradije cuando asumió que quería tener hijos, tampoco mencioné que me había practicado un aborto.

Ese podría haber sido otro motivo por el cual el médico, a quien veía por primera vez en mi vida, hubiera podido no esmerarse lo suficiente por salvarme el útero (no fantaseo ni exagero, basta informarse sobre los casos de mujeres que han sido esterilizadas sin su consentimiento en clínicas y hospitales como modo de adoctrinamiento por haber abortado). Además, confieso que se trata de una mentira automática, casi instintiva. Siempre miento ante esa pregunta en un consultorio médico. O siempre mentí, hasta que me topé con una ginecóloga que, sin saberlo ella, ejercía su práctica con perspectiva de género, lo cual implica escuchar sin prejuicios ni supuestos. Es decir, sin asumir que quien está consultando es mujer heterosexual y desea tener hijos.

Una vez un ginecólogo me preguntó si me habían violado. Era también una primera consulta, no lo conocía, y lanzó su pregunta con impunidad mientras me revisaba; es decir, mientras yo estaba acostada en la camilla y él tenía sus manos dentro de mí. Me quedé paralizada y sólo pude murmurar un «no».

¡Te tensionás como si te hubiesen violado!, me respondió con la misma impunidad. Tendría que haberlo denunciado, no lo hice. Así como tendría que haber denunciado otras situaciones de violencia y tampoco lo hice. Lo que no sabía el ginecólogo era que no me tensionaba por una violación sino por ese aborto que, una vez más, había decidido omitir. Un aborto practicado en la clandestinidad y que casi me cuesta la vida. Pero para él yo no era un cuerpo con historia –preguntar por una violación en esas circunstancias es más parecido a una acusación que a un gesto de cuidado–, era apenas un pedazo de carne desplegado en la camilla que dificultaba su trabajo al tensionarse.

Una semana antes de la cirugía soy pura convulsión. Leo “Medea” de Chantal Maillard y me tiemblan las manos. Mientras leo, me interceptan imágenes terroríficas: el cuchillo atraviesa la carne, vísceras expuestas, corazón colapsado, el cuerpo impedido de funcionar por sí mismo, un tubo se desliza forzosamente a través de la garganta, la extirpación de un pedazo propio. ¿Propio? Dice Maillard: “Huir / Sin pertenencias salvo / el cuerpo que se hereda: la / indispensable prótesis”.

¿No hay una pastilla que se lleve la ansiedad, pero no la lucidez? Algunos pretenden suturar todo con medicación, otros creen que se puede prescindir de ella para todo. Ninguno sabe lo que es un cuerpo a punto de derrumbarse. No saben lo que puede un cuerpo derrumbado. No saben del derrumbe que, a veces, comienza con un gesto así de sutil: las manos tiemblan, un poema convulsiona, el miedo transforma en pura imagen lo que debería permanecer velado. ¿Cómo huir de lo único que no tiene escapatoria?

Los días previos fui acompañada por esa pluma implacable de Chantal Maillard. Sus poemas no son precisamente canciones de cuna para irse a dormir a la camilla aséptica de un quirófano; por el contrario, parecieran susurrarte, con la voz de Dylan Thomas, “do not go gentle into that good night” (“no entres dócilmente en esa buena noche”). ¡Ah, pero con cuánta rabia! Con cuánta rabia Maillard se mete con el dolor, el tuyo, el mío, el suyo, el nuestro. Con cuánta rabia exhorta al mundo a reconocer la herida que lo causa para después exhortarte a vos: desengáñate, levanta la cabeza, despójate de ti, presta atención y escucha. No son mandamientos superyoicos ni mandatos de psicología new age. Es poesía.

Pero no hay poesía en un quirófano. Mi rabia acontece en otro plano al cual no tienen acceso. Desparramado sobre la mesa, hay un cuerpo casi desnudo despojado, una vez más, de toda historia. El cirujano comienza a dibujar sobre mi abdomen el itinerario de la herida. Esa herida en la cual anclarán tantas otras. Tampoco eso lo sabe. Aún estoy despierta mientras observo la coreografía de sus manos; si no hubiera tanta frialdad en sus gestos podría encontrar cierta belleza en esa danza. Pregunto cuándo me voy a dormir. Pronto, responden. Pero no sucede tan pronto como quisiera, porque de repente siento como si una enorme masa de agua cayera sobre mi pecho. Y entonces sí: fundido a negro.

Despierto. Del sueño, de la cirugía, de la anestesia. Me han quitado un peso de encima. Me he quitado un peso de encima. El cirujano, atento a los protocolos, se lo muestra a N. servido en bandeja. Como si fuese un alien expatriado. O un hijo. Aún no siento el alivio de ya no albergar semejante peso en mi cuerpo. Aún me aferro a la palabra dolor. El dolor, el dolor, el dolor, balbuceé los primeros días, apenas lúcida, apenas pudiendo reconocer en el mundo algo que no tuviera el tamaño y la pesadez de mi dolor. Al principio tres analgésicos en simultáneo no eran suficientes para aplacar su ferocidad. Ni siquiera el opioide. (Sin embargo, recuerdo con cariño el Tramadol porque al menos me sumergía en un sueño igual de doloroso, pero «comfortably numb»).

El perro dolor, dice mi madre. Las perras palabras, le escribía Pizarnik a Cortázar antes de suicidarse. «Julio, creo que ya no tolero las perras palabras». Madre, creo que ya no tolero el perro dolor. Escribo para tantear si todavía existo. Palpo las palabras como si fueran parte de mi carne. Una tecla detrás de la otra, con cautela, con suavidad, con la lentitud de quien quizás está aprendiendo a escribir de nuevo o quizás comprobando que aún sabe cómo hacerlo.

Recuerdo que, en la última tirada de Tarot, salió la estrella invertida. Una mujer desnuda e inclinada en la orilla del río, con un pequeño agujero en su abdomen, anunciando las aguas estancadas. Ese día decidí operarme. Aunque no tuviera opción. Y ahora yo también llevo esa marca como una especie de tercer ojo, ombligo infinito, nudo transparente.

Los días posteriores me acompaña José Watanabe. El poeta del cuerpo. El poeta que, con «corporeidad visceral, es capaz de sacar poesía de una radiografía de pulmón o de las propias heces» (dice Javier Rodríguez Marcos). Hubo un poema que leí con un hilo de voz sostenido sólo por mis entrañas y la necesidad: “El dolor sólo está /en los confines de la carne que aún me resta”.

Hubo un hombre que me pidió que vuelva sana y salva, roto y entero al mismo tiempo, como sólo pueden estarlo quienes aman. Hubo amigas que me llenaron la cama de la habitación con libros a los que no podía ni asomarme –todo lo que no estuviese tocado por el dolor me resultaba ajeno, incomprensible–. Pero estaban ahí, ellas y los libros. Hubo mujeres extrañas que se volvieron íntimas con el gesto de escribirme y decir: yo también. Toda herida es singular, toda herida es inenarrable. “cada cual con su dolor a solas / el mismo dolor de todos” (Maillard).

Por eso el intento de construir un relato a su alrededor. Se trata de inventar metáforas en lugares propicios, me dijo un querido amigo. En la víspera de la operación me despedí del mundo, por si acaso, enviando por correo un larguísimo poema que había escrito catárticamente a raíz de otras heridas. Pero todas las heridas anclan en el mismo cuerpo. Se soportan en el mismo cuerpo. Aunque no todas tengan el mismo origen. Algunas son el resto inevitable de sacarse un peso de encima.

He conservado mi útero. Lo han conservado. Para tener hijos, dirá el cirujano. Para conservar mi deseo, digo yo. Sea cual fuere mi deseo. Ese deseo mutable, movible, contradictorio, errante. Que excede al sentido común. Para qué querés el útero si no querés tener hijos, para qué tuviste un hijo si ahora te arrepentís, para qué abortaste si ahora querés tener un hijo. Para qué. El sentido común también suele confundir el querer con el desear. Si «la maternidad es un estado ambiguo sin precedentes», el deseo también lo es. O quizás por eso mismo.

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María Magdalena. Leo y escribo. Edito libros que deseo que existan en Las Furias editora, junto a Nicolás Cerruti y Romina Luppino. Practico el psicoanálisis y milito el feminismo porque ambos tienen la potencia subversiva para cambiar la vida, como quería Rimbaud. De niña encontré belleza y hogar en los libros y en la música. Creo que la escritura será poética o no será. Tengo el hábito de la poetomancia. Soy cazadora de tormentas y catadora de medialunas. En poesía publiqué: “Spleen”, “La pequeña muerte”, “Los nombres del padre” y “Continente negro”; en ensayo: “La perfecta desnudez. Conversaciones desde Alejandra Pizarnik” (en coautoría con Javier Galarza y Leonardo Leibson) y “Diario de la errancia. Elogio del viaje”. Magdalena es mi apellido.

Instagram: @petitemagdalena


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