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Piden sobreseer a Raúl Sidders: “Es un asco ese cura ¿cómo no va a ir a juicio?”, dice la joven que lo denunció

“Siento mucha bronca… dicen que no hay material probatorio… ¿Por qué no le hacen a él pericias psicológicas?”, dice Rocío. Habla del cura Raúl Sidders. Ella lo denunció por haberla abusado sexualmente desde que tenía 11 años hasta los 15. Ahora tiene 28, múltiples patologías producto de aquellos abusos y no logra que Sidders llegue a juicio.

“No sabemos si vamos a llegar a juicio. Me quiero morir, es un asco este cura”, dice a Clarín. Vive en La Plata con su pareja. En el mismo terreno, en otra pieza, vive su mamá. Están cerquita, se necesitan. Sólo ellas dos saben por todo lo que pasaron.

Rocio y su mamá Patricia Marino. Foto Lucía Merle.

Rocío entró al colegio San Vicente de Paul cuando tenía 5 años. Hizo el preescolar y siguió en la primaria. Le gustaba la escuela, le iba bien, hasta que Sidders, una suerte de “consultor espiritual” de la institución, puso los ojos en ella cuando tenía 11 años y estaba en sexto grado.

El confesionario

El cura la sacaba de la clase para llevarla a que se confesara. O también la buscaba en los recreos para que lo acompañara al confesionario. “La directora del colegio, Maruca (Cabrera, sigue trabajando para el Arzobispado de La Plata) veía todo esto y no hacía nada, siempre fueron amigos. Ella sabía todo lo que pasaba”, dice Rocío.

En ese espacio privado Sidders fue enterándose de la vulnerabilidad de la niña por todo lo que sufría en su familia. El hermano de Rocío había sido abusado de pequeño y se había vuelto un joven violento y alcohólico. Los padres estaban separados. La madre aguantaba todo. Rocío después se enteró que su madre también había sido abusada.

Rocio y su mamá. Las dos fueron abusadas. Foto Lucía Merle

Sidders comenzó a abusarla en la capilla. La tocaba y la obligaba a que lo tocara a él. El cura tomaba su mano de niña y la metía por el bolsillo de la sotana. El, un hombre de Dios de más de 40 años, hacía todos los movimientos a su antojo y gozaba. Ella, con su uniforme de colegiala, contenía la respiración y las ganas de llorar.

Desde los 11 años hasta los 15 abusó de mí todas las semanas. Desde sexto hasta noveno año. A veces eran dos o tres veces por semana. Una vez quiso que yo me metiera en su cama con un monaguillo. Nos dijo que nos iba a enseñar la felación”, relata Rocío.

Al principio pensó que ella era la única que sufría estos abusos. Después supo que abusaba de muchos de sus compañeros, varones también. “Le decían ‘frasquito’, porque los obligaba a eyacular en frasquitos que él guardaba”.

Fue el año pasado que Rocío leyó parte de estos abusos en redes sociales. Eran recuerdos de ex alumnos del San Vicente de Paul. Algunos se burlaban, y ella escribió: “Dejen de defender a ese cura pedófilo porque todo lo que leen acá es cierto”. Ella recordó cada abuso y lo fue a denunciar ante la Justicia.

Vida rota

Rocío no se animaba a contarle los abusos a su papá, tenía miedo que fuera a matar al cura y quedara preso. La única manera que encontró para escaparse de los abusos era “ratearse” del colegio. Faltaba, se escondía, se quedaba dando vueltas por la calle. Quedó libre. Su mamá la anotó en un secundario agropecuario de Alejandro Korn.

“Me quedaba relejos, yo estaba mal, no tenía ganas de estudiar. No terminé el colegio. Lo dejé también”. Rocío tenía 15 años y empezó a trabajar: vendía comida en la calle, fue moza de un bar. Cuando tenía 17 su papá se murió. Su hermano empezó a ejercer más y más violencia contra ella y su mamá.

Rocío, que había empezado con “desarreglos emocionales” a los 11, junto a los abusos del cura, se puso peor. Se desmayaba a cada rato. “Mi primera internación fue a los 11 en la Clínica del Niño. Estuve una semana. Y empecé con trastornos alimentarios. Comía de más, vomitaba, me deshidrataba, me desmayaba. En 2015 mi hermano tuvo un accidente de moto y se mató. No zafé de la violencia, porque también estuve ocho años de novia con alguien que era un violento y un abusador “.

“Desde los 11 fui puro nervio, y eso afectó mi sistema digestivo desde chica -detalla Rocío-. Tuve divertículos, se me hizo una peritonitis aguda, me operaron de urgencia, me perforaron el intestino, estuve mucho tiempo internada en el hospital Italiano de La Plata”.

Estando internada a fines de 2019 fue que leyó lo de “frasquito”. En junio de 2020 se lo pudo contar con detalles a su psicóloga. Y a su madre. “Ella se sintió pésimo, sintió que fue su culpa, pero ¿qué culpa puede tener una mamá que deja a su hija en la escuela confiada en que la van a tratar bien? ¿Cómo podía imaginarse lo que me hacía el cura?”

Julieta Añazco, de la red Iglesia Sin Abuso, se contactó con ella. “Fue fundamental al apoyo, saber que no estás sola ni sos la única. Es muy triste, pero somos miles las personas que fuimos abusadas por curas“, dice Rocío. 

Rocio junto a Romina Vega, Valeria Regner y Julieta Añazco, de Iglesia sin abusos. Foto Lucía Merle

La denuncia

En agosto de 2020 -asistida por la abogada Pía Garralda- Rocío denunció a Sidders en los tribunales de La Plata. La causa ingresó en la fiscalía a cargo de Alvaro Garganta. El cura fue imputado por “abuso sexual gravemente ultrajante doblemente agravado por la duración en el tiempo y por ser el autor ministro de un culto religioso; y corrupción de menores”..

Como los relatos de los abusos de Sidders ya circulaban en las redes, para proteger al cura, el arzobispo de La Plata, Víctor “Tucho” Fernández, lo designó secretario del obispo Nicolás Baisi para que se hiciera cargo de la capellanía del Escuadrón XIII de Gendarmería Nacional en Puerto Iguazú, Misiones.

En noviembre, el juez de garantías Carlos Agustín Crispó hizo lugar al pedido de detención requerido por el fiscal Garganta. La Delegación Departamental de Investigaciones de La Plata fue a buscarlo al domicilio declarado por el cura, en Bella Vista, pero Sidders seguía en Misiones. Finalmente se entregó días después.

El mes pasado, el juez Crispó hizo lugar al pedido del fiscal Garganta de elevación a juicio de la causa. Esta semana, la defensa del cura, a cargo del abogado Marcelo Peña, pidió el “sobreseimiento total” del religioso: “Solicito se declare extinguida la acción penal por prescripción y, en consecuencia, sobreseer a Raúl Anatol Sidders”, escribió.

Rocío vive con internación domiciliaria a causa de una ileostomía, que la convierte en una persona electrodependiente. Toma 14 pastillas por día por su enfermedad crónica y sus ataques de pánico recurrentes: “Tengo crisis, no puedo respirar y siento que me muero. El tema del juicio me genera mucha ansiedad”.

Rocio vive con su mamá.Foto Lucía Merle

Meses atrás se casó con el primo de una amiga: “Salvo mi mamá, es la primera persona que me trata bien. Yo siempre sentí que no valía nada, pero con él me di cuenta que alguien puede quererme por lo que valgo, por lo que soy“.

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