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“El juego del calamar”: advierten por el impacto en los más chicos de la serie éxito de Netflix

“Luz roja”, grita un chico de sexto grado. De repente, lo que parece ser el viejo juego de la estatua cobra otro sentido. Algunos compañeros se asustan, otros están ansiosos, obsesionados por ganar. Como si se les fuera la vida en eso.

La situación se repite en varias escuelas. Directivos y maestros envían notas a las casas, advirtiendo que los niños y adolescentes presentan angustia o ansiedad tras ver El juego del calamar. En algunos casos, buscar recrear escenas o diálogos.

La producción surcoreana, que se consagró como la más vista en la historia de Netflix, suscita distintos análisis estéticos y socioeconómicos. Algo es seguro: la violencia actúa como protagonista y telón de fondo de cada capítulo.

“Luz verde” versus “luz roja”. La muñeca que hace temblar a muchos y se volvió la marca característica de El juego del calamar.

Aunque su consumo está recomendado para mayores de 16 años, la hiperconectividad hizo que muchos chicos accedieran a este contenido sin acompañamiento de adultos responsables.

¿Qué sentimientos y conductas puede generar la serie en los menores? ¿Cómo se debe hablar con ellos acerca de temas como la desigualdad, la competencia y los límites de la ficción? Clarín entrevistó a tres especialistas sobre este tema complejo, marcado por un contexto de crisis que no es ajeno a las aulas.

Las (tragedias) escondidas

En 2012, se estrenó la película “Los juegos del hambre”. Aunque su desarrollo es menos brutal y la trama es distinta, sus premisas no difieren mucho de “El juego del calamar”: perder el juego implica perder la vida y los otros jugadores son rivales mortales.

Sin embargo, su resonancia en el ámbito escolar no fue la misma. En aquel momento no había tantas plataformas y dispositivos como hoy. Y la coyuntura -quizás el elemento más importante- era otra.

Los siniestros juegos se desarrollan bajo una constante vigilancia.

Psicoanalista, miembro del Departamento de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina, Nora Koremblit de Vinacur se especializa en niños y adolescentes.

Está convencida de que la agresión, la angustia u otras manifestaciones de conflictos en el aula no pueden atribuirse a un programa.

“Es impresionante lo que está ocurriendo con los chicos. Recién con la vuelta a la presencialidad se están viendo los efectos reales de lo que generó el aislamiento“, desarrolla.

En ese sentido, observa actitudes regresivas entre los más pequeños (como desaprender hábitos adquiridos, incluso el de ir al baño) y problemas de socialización en los más grandes.

En adolescentes, están emergiendo trastornos de alimentación y, en ocasiones extremas, pensamientos suicidas, como síntomas preocupantes de una época dificultosa.

“Muchos atravesaron los cambios propios de la pubertad en soledad. Al volver, se encontraron con compañeros distintos y les está costando adaptarse. Hay chicos que no quieren salir, que están tímidos, con temores nocturnos“, relata.

En ciertos casos, estas situaciones se mantuvieron en silencio durante el encierro -porque no se manifestaban o las familias no podían verbalizarlas- y ahora están implosionando.

La especialista aclara que si existe una imitación a la serie surcoreana, esta se da en este marco concreto y como válvula de escape de otras cuestiones subyacentes. Por eso, es importante el diálogo constante, en las casas y las instituciones escolares.

El personaje central de El juego del calamar, en una escena icónica. Allí, participa de un juego tradicional de Corea del Sur, bajo condiciones extremas. Foto: Netflix.

Es cierto que, debido a su popularidad, muchos chicos -a quienes no está destinada originalmente- están viendo la serie. Ellos se pueden encontrar superados por lo que ofrece la pantalla y Koremblit lo ha atestiguado.

“En cierto sentido, es como ocurría al inicio de la pandemia, cuando había una información excesiva, que no todos los adultos tenían la capacidad de absorber. En lo que respecta a los menores, hay que mejorar la información, para que puedan descargarse de forma adecuada”, indica.

Su recomendación: no dejar que los chicos vean contenidos fuertes solos, sino acompañarlos y ver cómo reaccionan ante los distintos formatos y argumentos. “A veces el mejor cuidado es decir que no”, señala.

Ficciones y realidad virtual

En 2002, Michael Moore estrenó “Bowling for Columbine”, un documental ganador del premio Oscar que indagaba en la causa de tiroteos escolares en Estados Unidos.

Lejos de un sector de la opinión pública, que atribuía las masacres a la música de Marilyn Manson, Moore exploraba el discurso que promovía la portación de armas, las contradicciones y tensiones de la sociedad norteamericana.

Jorge Prado es profesor de la materia Salud Pública y Salud Mental en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y trabaja en la formación docente de la Provincia de Buenos Aires, dentro del área de Educación Sexual Integral.

El licenciado no desestima que existan clasificaciones etarias para los contenidos, ni que sea más difícil procesar y elaborar psíquicamente ciertos aspectos a edades tempranas.

Pero cree que la conversación permanente y la educación emocional juegan un rol central en que los menores no reproduzcan comportamientos que pueden perjudicarlos a ellos o a sus pares.

A partir del éxito de El juego del calamar, se dispararon las ventas de las zapatillas Vans. Otra expresión del impacto que tiene la serie sobre el público adolescente.

“No somos lo que vemos”, puntualiza, para poner el foco en las condiciones sociales y los entornos. “Si un niño reproduce el contenido agresivo de una serie, es porque hay algo que no está siendo contenido o porque entiende que su entorno avala que las cuestiones de la vida se resuelven violentamente”, amplía.

“No se trata tanto de qué se le presenta a los niños, sino de cómo se los acompaña”. Ellos deben saber que están frente a una fantasía y que, si se llevara a la realidad, resultaría dañino.

En el pasado, a Prado le tocó lidiar con un grupo de séptimo grado que se juntó a ver “El niño con el pijama de rayas” (una trágica historia transcurrida en la Alemania nazi). Si bien al principio los menores estaban desorientados, la intervención coordinada de los adultos derivó en enseñanzas y debates constructivos en torno a la xenofobia y el racismo.

No podemos tener un criterio reduccionista e inferir que todos los que estamos frente a una pantalla somos violentos. Eso eliminaría el pensamiento reflexivo y el criterio que cada uno crea en base a su contexto”, continúa.

El juego de la soga, familiar para los niños de distintos países del mundo. Foto: Netflix.

“Al volver a la realidad, me di cuenta de que todo lo que decían era cierto: la vida aquí, duele vivirla”, dice uno de los personajes de “El juego del Calamar”. Como su colega Koremblit, Prado entiende que la pandemia tuvo un efecto sobre los menores.

“Hay que ver cómo se adaptan los niños a la escuela, con sus necesidades, sus tiempos y sus miedos. Siempre acompañándolos desde la palabra, trabajando el tema del espacio, el contacto con el cuerpo del otro: todo aquello que quedó suspendido y ‘virtualizado’ durante la pandemia“, reflexiona.

Por último, el psicólogo sugiere algo interesante: “Estamos en un momento en el cual la realidad se vuelve ficción. Uno prende la televisión al mediodía y se encuentra con el video de un robo o de un asesinato. Si los adultos avalan esto y se convierten en constantes ‘espectadores’ de estos actos, deberíamos pensar qué se le ofrece al niño que está sentado frente a una pantalla durante horas“.

1, 2, Ultraviolento: El juego del calamar desde el psicoanálisis

Jorge Catelli, psicoanalista y miembro titular en Función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), hace una primera aclaración: ninguna historia tiene un solo nivel de lectura.

Sí, “El juego del calamar” -acepta- contiene aspectos morbosos, hostiles, descarnados y muertes a destajo (lo cual puede ser atractivo para cierto público).

Pero, además, muestra “planos superpuestos, que tienen que ver con la ética; con la política; con la situación de Corea del Sur (donde se desarrolla la historia) y Corea del Norte; con las posiciones críticas planteadas por el director”.

La serie muestra una crítica al neoliberalismo y al capitalismo salvaje: aquella lucha de “todos contra todos”, donde los ricos transforman la desgracia de los pobres y endeudados en un funesto espectáculo.

Los protagonistas de la serie. Amigos de la infancia, con rumbos diferentes, participan de algunas de las escenas más sangrientas.

El investigador y profesor de la Universidad de Buenos Aires cuenta que, en La Poética, Aristóteles escribía sobre el “efecto catártico” del teatro en la Antigüedad Clásica: un espacio donde el público ponía en juego sus propias angustias. Desde el psicoanálisis, Freud trasladó este concepto al plano de la identificación.

Para Catelli, el “estado identificatorio” por un tiempo limitado con el sadismo que ocurre en la escena -que permite al televidente gozar, sufrir, irritarse, angustiarse y luego continuar con su vida- revela en gran parte el éxito mundial de la producción de Hwang Dong.hyuk entre los adultos.

Ahora bien, ¿qué pasa con los chicos?

“La ficción tiene la metáfora de una sociedad voraz, que descarta a la gente. Es importante estar atentos por si los niños replican estos juegos, ya que puede actuar como legitimación de la violencia, la injusticia social, el odio y la estigmatización entre pares“, resume.

Desde su perspectiva, los adultos deberían posicionarse como “estaciones de servicio”, para que los niños y adolescentes sientan que pueden y deben acercarse a ellos para pedir ayuda, como en un auto en una ruta.

“Si hay situaciones graves, se debe intervenir como un ‘camión de remolque'”, prosigue.

Y cierra: “Los adultos deben contar con una posición crítica, para acompañar a los niños con una lectura accesible de aquellos contenidos a los que, en muchos casos, no deberían haber accedido. Además, deben procurar que no consuman series para las cuales no tienen capacidad psíquica de metabolización, pudiendo derivar en traumas”.

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