mundos-intimos-con-dos-amigos-iniciamos-un-fuego:-un-techo-se-cayo-y-vinieron-los-bomberos-nunca-se-lo-conte-a-nadie.Sociedad 

Mundos íntimos. Con dos amigos iniciamos un fuego: un techo se cayó y vinieron los bomberos. Nunca se lo conté a nadie.

Éramos chicos. Me refiero al verano del 88. La tarde en que, con 12 años, provocamos el incendio de una fábrica y fuimos testigos del llanto desconsolado de Ana Laura.

Éramos chicos.

Siempre que lo recuerdo me repito eso: que éramos chicos, que no importa, que no sabíamos lo que hacíamos.

Otras épocas. Cristian Acevedo, en un cumpleaños. Años más tarde vendrían días difíciles.

El mundo también era chico por entonces, seis calles hasta la avenida. Pequeño, sí, pero con mucho por explorar. Las calles de aquel José León Suárez eran más o menos así: dos casas bien enrejadas, una ventana devenida kiosco, un portón de chapa, un corralón, dos casas, un baldío que conocíamos como nos conocíamos cada rama de cada árbol. Vecinos viejos que nos veían como a demonios y vecinos no tan viejos para quienes apenas existíamos: nuestros padres.

Éramos tres amigos: Matías, Sergio y yo. Y explorábamos, así le decíamos y así prefiero decirle ahora: explorar es siempre mejor que invadir, que irrumpir o allanar. No éramos invasores, sino exploradores.

Nos pasábamos las tardes entrando o intentando entrar en alguna fábrica abandonada. Entrábamos, explorábamos y salíamos. Esa fue nuestra inocente rutina durante las siestas de aquel verano. Y si evoco ese recuerdo es porque, en una ocasión, la exploración se nos fue de las manos. Aquella tarde de verano del 88, aquella fábrica abandonada de José León Suárez, sería la última.

Sergio fue el primero en entrar: tuvo que llegar a la ventana, después saltar hasta el balcón, forzar un barrote oxidado, levantar la persiana. Me demoran apenas tres líneas lo que a él le demandó como veinte minutos.

Un punto y aparte y ya estamos adentro.

Sí: habíamos entrado. Ya habíamos recorrido todos y cada uno de los rincones de la fábrica. Ya habíamos fumado también: el atado de Derby de 10 que Matías había comprado en lo de doña Esther diciendo que era para su mamá. Ya rumiábamos la idea de salir.

Sergio había encontrado una escoba y no la soltaba.

—Para mi vieja —dijo, y nos reímos imaginando lo que diría su mamá si le cayera con esa porquería de escoba.

—¿Vamos? —dijo Matías.

Fue el primero en salir, como siempre. Yo tenía la panza en el borde filoso del balcón, las piernas pendiendo en el abismo, y desde esa posición lo vi a Sergio sacando el encendedor del bolsillo y acercándolo a la escoba.

Salté y, para cuando volví a pisar suelo firme, una nube negra, que prometía quilombo, crecía en el balcón y se asomaba cada vez más para afuera. Era la persiana lo que ardía, del plástico era que brotaba ese humo gordo, caliente. Sergio seguía ahí arriba, de cuclillas, casi tapizado por el humo, nos miraba con un gesto que no sé si era de orgullo o de terror.

Apenas bajó del balcón, rajamos para la canchita. De la nada nos tiramos entre los palos que oficiaban de arco y nos desentendimos, hicimos como si nada. Desde donde estábamos se veía la columna de humo, que avanzaba cada vez más y parecía que se iba a extender hasta cubrir el cielo entero. Por unos segundos sentí algo muy parecido al orgullo. Y puedo asegurar que ellos también. Por eso nos reíamos. No hace falta que repita que éramos chicos, que no sabíamos lo que hacíamos.

Los vecinos no tardaron en salir. Nosotros también nos acercamos, de a poco, igual que los adultos que iban saliendo de sus casas. Señalábamos con asombro la nube negra, poníamos nuestra mejor cara de pasmados. Alguien enseguida habrá llamado a los bomberos. Porque en unos minutos ya se lo oía, ya estaba al caer. A medida que el barrio salía a ver por qué tanto alboroto, se nos acercaban y nos preguntaban qué había pasado, qué sabíamos. Claro: si había alguien que debía saberlo (si es que no habían tenido nada que ver), esos eran los pendejos estos que se pasaban las tardes haciendo quilombo a la hora de la siesta.

Pero nosotros nada. Estábamos igual que ellos: vimos la nube y nos acercamos. No sabíamos más que doña Esther, que había cerrado el kiosco y se sumaba al malón de vecinos curiosos.

Nos seguimos haciendo los otarios incluso cuando empezó a arder el paraíso de la casa de Ana Laura, la que daba clases particular de Inglés y vivía al lado de la fábrica, de quien yo estaba enamoradísimo. El paraíso despedía más humo que la persiana, así que ahora eran dos los cilindros negros.

Ana Laura no aparecía, así que imaginé que no estaba. El camión de bomberos se hacía paso entre los curiosos cuando una rama gorda y carbonizada cayó sobre el techo de tejas de Ana Laura. Para el momento en que los bomberos apagaron la sirena, toda la gente de cinco cuadras a la redonda se agolpaba en la esquina. Estaban mis papás, claro. Mi viejo me hizo un gesto para que fuera con ellos. Obedecí. No me preguntó nada. Me agarró del hombro y se quedó así, sin decir una palabra. Durante el tiempo que permanecieron casados, ni él ni mi mamá mencionaron el tema.

Cuando Ana Laura llegó, los bomberos ya habían conseguido apagar buena parte del fuego. Ella apareció desde la esquina, y aunque tenía la cara colorada y el pelo hecho un desastre, yo la vi tan hermosa como siempre. Empezó a los gritos: “Mi casa, no, no, no… mi casa, no nononono, mi casa no mi…”. Se dejó caer de rodillas en el pasto crecido de la vereda. Doña Esther se le acercó y la levantó, la abrazó como si fuera su hija, como si la quisiese de toda la vida.

Yo necesitaba acercarme a ella, hacer algo, no sabía qué. Me solté de la mano pesada de mi viejo y corrí hasta la vereda. El humo era ahora una serpentina gris, intermitente, insignificante. Recién cuando llegué a la vereda pude ver que la mitad del techo de Ana Laura se había desplomado: a través de la ventana se veían los tirantes y las tejas metidas en el interior de la casa. Vi eso, vi a Ana Laura con la cara sumergida en el hombro de doña Esther, vi a Sergio junto a sus padres, que alzaba los brazos y se agarraba la cabeza.

Dudé si acercarme más a Ana Laura, ya no tenía el valor que me brotó a la distancia, unos metros más allá. Tomé coraje y, cuando ya la tenía a unos pasos y casi podía ver sus lágrimas tajeándole la cara, una voz dijo: —¿Viste algo, pibe?

Era uno de los bomberos. Se me paró en frente, justo entre Ana Laura y yo, y se quedó mirándome.

—¿Sabés si alguien vio algo? —volvió a decir, secándose la frente con un pañuelo.

—No sé —dije de forma automática— Ni idea.

Hasta entonces, sólo una vez había visto a un adulto llorar como ahora lo hacía Ana Laura. Esta era la segunda, y las dos me quedaron marcadas para siempre. La anterior fue la vez que se murió Garrido, el policía retirado padre de Liliana. Él había salido, dijeron después, a hacer las compras. Fue, compró, volvió. Y cuando estaba llegando a su casa se desplomó en el piso. Paro cardíaco, aseguraban después los vecinos. Lo que nosotros vimos fue el cuerpo del tipo derramado en la vereda. La escena era apenas inquietante. A fin y al cabo, no era más que un desconocido tirado en el piso, igual que si se hubiera desmayado.

Hasta que llegó Liliana, su hija.

Nunca me voy a olvidar de sus gritos. De su llanto, de sus “¡Papá! ¡Papito!” Lo recuerdo ahora y se me ponen los pelos de punta. Una señora grande, una vieja que tendría más o menos la edad que yo tengo ahora, desgarrando el aire con sus gritos, igual que una nena, diciendo “Papito”, algo que, a mis nueve o diez años, creía no era propio de un adulto, de una vieja. Aquella fue la primera vez que vi a una persona grande llorando así.

La segunda la protagonizaba ni más ni menos que Ana Laura, mi amada Ana Laura, que lloraba como lo había hecho Liliana dos o tres años atrás. Iba y venía de un lado al otro. Habrá recorrido el frente de su casa unas veinte veces. El fuego ya se había extinguido, y ella seguía, la cara roja, los mocos colgándole, sacudía las manos como si quisiera secárselas. Alguien dijo que estaba en shock. Escuché que uno de los bomberos dijo que ya llegaba la ambulancia.

Doña Esther intentó calmarla otra vez, pero Ana Laura le gritó “Dejame” y doña Esther la dejó nomás. Yo la miraba a Ana Laura y sufría por ella.

Miré hacia donde estaba Sergio con sus papás. Seguía agarrándose la cabeza. Se mordía el labio también. Me le fui al humo con la intención de encararlo, de decirle algo, no sabía qué, cualquier cosa. Nada que lo delatara, pero sí alguna palabra que sólo él y yo comprendiéramos, un gesto capaz, lo que fuera que le hiciera ver que yo pensaba que era un reverendo hijo de puta. No me hizo falta decir nada, no tuve que hacer el mínimo gesto.

Lo tenía a unos pasos cuando Sergio me miró y empezó a asentir con la cabeza. Tenía los cachetes colorados y cuando me le puse al lado lanzó algo así como un ronquido, un ruido contenido en la nariz, después un gemido y ahí nomás, de la nada, sin que me lo esperase, se puso a llorar casi igual que Ana Laura, casi como aquella vez había llorado Liliana al ver a su padre muerto. 12 años tenía, que es precisamente la edad en que conviene no llorar frente a tus amigos, y ahí estaba Sergio, derrumbándose también poco a poco.

Por lo demás, el de 1988 fue un verano común y corriente. Las siestas volvieron a ser el colmo del aburrimiento, después llegaron las vacaciones de Matías, las paperas de Sergio. Aunque puedo estar confundiéndome de año. El único recuerdo preciso que tengo de ese verano es el de las lágrimas de Ana Laura, el del llanto de Sergio.

Éramos chicos, me digo. No sabíamos lo que hacíamos.

Muy pocas veces mencionamos el asunto. La verdad es que su evocación nunca fue feliz, ni siquiera en los años siguientes, en que provocar un incendio podía considerarse una hazaña. Así que intentábamos no hablar de eso. Habíamos hecho un pacto tácito de silencio. Y lo cumplimos por lo que duró nuestra amistad.

Dos años después, Sergio se mudó a Saladillo con la madre, así que únicamente nos veíamos durante las vacaciones de invierno o algún fin de semana largo. No había teléfonos celulares ni redes sociales, así que poco a poco perdimos todo tipo de contacto. Después me tocó a mí mudarme, también tras los pasos de mi mamá, que era a quien seguías cuando tus padres decidían separarse. Con Matías nos veíamos todos los días, porque nos distanciaban unas veinte cuadras y en bicicleta era como ir a la vuelta de la esquina. Incluso ahora nos vemos al menos una o dos veces al año.

El último recuerdo que tengo de Ana Laura es de unas semanas después del incendio. Estaba parada sobre una escalera, clavando clavos en los tirantes del techo. Yo iba al kiosco de doña Esther cuando justo Ana Laura bajó. Me miró y me sonrió con su sonrisa de siempre, esa sonrisa de hoyitos en las mejillas y ojos achinados. Me saludó en inglés: “Hello Cristian”, agarró algo de una caja de herramientas y volvió a subir. No sé si le pude devolver el saludo. Me hubiera gustado decir muchas cosas, tal vez decirle que lamentaba lo que le había pasado, tal vez ofrecerle mi ayuda, tal vez confesarle que habíamos sido nosotros los que iniciamos el fuego. Creo que ni “Hola” dije. Apenas una mueca. Y no volví a verla.

Y más de treinta años después, de tanto en tanto, ese recuerdo vuelve a irrumpirme: la fábrica ardiendo, los bomberos, los vecinos agolpándose frente a la casa de Ana Laura, su cara de espanto, el llanto nervioso de Sergio. Pero también me acomete el otro recuerdo, el de Ana Laura sonriendo porque ya no importaba lo que le había pasado, porque en ese momento, en ese segundo exacto y vaya uno a saber por qué, ella era feliz.

Siempre que lo recuerdo me repito que éramos chicos, que no sabíamos lo que hacíamos. Tal vez sea cierto. También me digo que ya somos grandes, que viene siendo hora de saber lo que hay que hacer.

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Cristian Acevedo nació en Mar del Plata en 1976. Sus primeros pasos fueron como escritor fantasma, y no fue sino hasta después de unos años que se atrevió a darse a conocer como escritor. Desde entonces, parte de su obra literaria ha sido premiada en diversos certámenes: Finalista del Premio Marco Denevi de Novela 2017, Finalista del Premio Clarín de Novela 2018, novela publicada bajo el título “La ley primera”. Su más reciente novela, “Matilde decide vivir”, sigue la historia de Matilde, la protagonista principal de “Matilde debe morir”, un thriller experimental. Actualmente vive con Yael, en Bella Vista, desde donde escribe.

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