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La engañosa exaltación de la juventud, un mal incurable

Para un político, no hay nada más importante que otro político más joven. La juventud (o las juventudes, como es de uso ahora) es un bocado apetecible para ubicar como objetivo de los presuntos e infinitos planes que se anuncian como políticas concretas, se lleven o no, después, a cabo. La juventud nunca falta en los discursos. Y, cada vez que se puede, se hace alguna mención a la promisoria franja etaria que, desde casi siempre, estaría supuestamente a cargo de hacer del mundo un lugar mejor.

En las últimas horas, en Neuquén, se vio este fenómeno nuevamente. Se llamó a vacunación a los jóvenes, y estos acudieron, tan masivamente como habían acudido antes los viejos. La diferencia fue la exaltación del hecho. Desde el gobierno, desde los partidos políticos, desde todo sector que pudiera aprovechar la vacunación como equilibrio del lado oscuro de la peste, se hizo del tema una cuestión extraordinaria, se destacó la masividad, la disposición, las ganas, el espíritu manifestado, etc.

El gobierno, el Estado, debería ser más mesurado. Debería tener en cuenta que hay un deuda sin saldar con esos miles de jóvenes que fueron a vacunarse contra el coronavirus. Una deuda educativa muy importante, y todavía incierta en lo que hace a sus consecuencias; una deuda económica, pues el contexto pocas veces ha sido tan malo para la perspectiva laboral de estos jóvenes.

En lugar de entusiasmarse tan fácilmente, de hacer de «las juventudes» una gloria auto percibida, onanista, inútil, habría que hacer más. Menos fotos, menos videos, y más acciones concretas para mejorar la calidad de vida de miles de jóvenes que atraviesan la frustración de no saber qué hacer.

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