Temor al cambio: cuando el miedo impide el desarrollo profesionalEconomía 

Temor al cambio: cuando el miedo impide el desarrollo profesional

La parálisis frentea un nuevo escenario representa siempreuno de los mayores obstáculos que enfrenta un ejecutivo

Marcela tiene 42 años y es una de las directoras de un laboratorio internacional de primer nivel. Es muy reconocida tanto en el mercado como por sus colegas. Marcela hizo una carrera prolífica en la industria farmacéutica: doctorado en el exterior, publicaciones de primer nivel, participación en equipos de lujo. Todo.

Pero hay un detalle crucial: Marcela ya no quiere dedicarse a la actividad que le permitió llegar a una posición envidiable en la industria, ya que no se siente plena ahí. Hace tiempo que se quiere bajar de ese colectivo en movimiento y todos los pasajeros le dicen que está absolutamente loca (y su cabeza también). Marcela duda, no duerme, se olvida de las actividades de su hijo por pensar en la incertidumbre de alejarse de la tribu que le hizo ser todo lo que es: les “debe” todo (la culpa marida muy bien con el temor). Marcela tiene miedo, siente que no puede saltar.

Todos nos hemos sentido como Marcela alguna vez: tener que decidir si dejar o retornar a nuestro país, cambiar de posición o compañía, estudiar un posgrado o no, etc.

Son muchas las ocasiones en las tenemos que tomar decisiones más o menos cruciales en nuestra vida profesional. Ante ellas, se interponen dudas y temores que imposibilitan que la acción misma de tomar esas decisiones se dé con suficiente libertad. La parálisis frente al cambio es un determinante muy negativo en tiempos en que la adaptabilidad profesional se torna trascendental para producir transformaciones profundas en los negocios.


La parálisis ante el cambio atenta contra la necesidad de adaptación Fuente: LA NACION

El poeta italiano Giacomo Leopardi decía: “No temas ni a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo”. Pues no. A los miedos no hay que temerles. Hay que tomarlos de la mano para que ellos nos conduzcan a lo que esconden, que muchas veces se trata de un instinto de supervivencia o de una autoestima que nos susurra que no podremos.

Hay que mirar lo temores, porque donde hay un temor hay una puerta. El temor no es zonzo; muchas veces sigue una cadena de razonamientos muy válidos y hay que seguirlo como se sigue el recorrido del agua de una filtración en el techo: los miedos nos pueden llevar a una fuente, pero si no la buscamos y no la encontramos, entonces la fuente nos puede paralizar. Si este fuera el caso, un psicólogo puede ayudarnos para poder avanzar y tomar decisiones que pueden ser cruciales para nuestra vida profesional. No poder solos no es una debilidad.

Transformación constante

Las organizaciones se transforman cuando se transforman las personas. En la medida en que en una organización hay apertura a las ideas y, como consecuencia, se construye un espacio para poder equivocarse con libertad, entonces se produce una cultura que permite que las personas reconozcan la posibilidad de pensar sin límites desde nuevas perspectivas.

No basta decirles a nuestros equipos o a nuestros hijos: “Pueden pensar en libertad”. Pensar en libertad implica generar entornos compatibles con ello, conlleva muchas cuestiones, entre ellas la disciplina de un buen y respetuoso
feedback; la aceptación de errores y críticas, y la empatía para admitir y consensuar las diferencias. Las organizaciones que permiten y aceptan el error se benefician con mayor innovación y creatividad, y cuando las personas pueden actuar con libertad se sienten más plenas. Un círculo virtuoso que nos aleja del temor paralizante de cada día.

Para pensar en esto nos puede servir revisar lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu denominó “habitus”. Las empresas pueden estimular acciones específicas para generar en las personas un sistema de disposiciones que incentiven formas de mirar, pensar y valorar la realidad. Eso implica inscribirlos en una cultura institucional basada en la libertad.

¿Cómo promover entornos distintos? Generando espacios de diálogo abierto, sincero y reflexivo. Un ejemplo: semanalmente, Mark Zuckerberg conversa con empleados de Facebook e Instagram de todo el mundo por videoconferencia; expone algún tema, pero sobre todo escucha y se interioriza de lo que pasa en oficinas de países remotos. Esa interacción es clave tanto para él como para los empleados de la compañía. Él recibe información genuina y sin ruidos de primera mano, mientras que ellos sienten la cercanía y la confianza de dialogar cara a cara con el líder global de la organización. Diálogo abierto que genera confianza e impacta en la identidad comercial: “win-win”, así la camiseta se pone sola.

La procesión va por dentro

Pero este “habitus” no debe quedar en el ámbito organizacional solamente, tiene que ser bajado a la vida personal. Nos encantan las historias de emprendedores de “garajes exitosos” que terminaron siendo grandes empresas. Sin embargo, en numerosas ocasiones nos quedamos en nuestro metro cuadrado tiritando del miedo a la libertad.

Esto se produce por muchos motivos. Uno de ellos radica en “lo que se espera” de nosotros. Esa mirada invisible e imaginaria de una supuesta autoridad externa nos limita. Obstaculiza que veamos nuevas variables para nuestro crecimiento personal. El análisis introspectivo de qué valoramos en una organización, qué tipo de cultura apreciamos y qué tipo de vida queremos tener es algo que ningún profesional en crisis puede evitar.

Las crisis profesionales son ineludibles e indefectibles. Ineludibles porque querer escapar a la crisis genera más crisis. Indefectibles porque es inevitable: en algún momento de nuestra vida profesional tendremos cuestionamientos. Hay que tener en cuenta que los temores pueden ser generadores de cambios importantes en nuestras carreras, pero también pueden producir inercias cómodas a las que será difícil escapar si no las confrontamos. En estos casos hay que ser conscientes de que el verdadero enemigo está adentro, alimentado por nuestros propios fantasmas: nos habita. Como a nuestra exitosa Marcela. Volvamos a ella.

Ella tiene miedo y no se siente plena. Es lunes de madrugada y está desvelada por su indecisión. Llorando, en el medio de su angustia, piensa: “¿Qué le diría a mi hijo si estuviera en mi situación?”. Sola se responde: “Que sea feliz, que no hay mayor riesgo que no animarse a saltar, que la vida es una, que lo intente, que deje la comodidad”.

Marcela se escucha y sonríe. Son las 4 AM, se oye un leve clic en el árbol de su corazón: ese fruto llamado miedo se desprende y cae por su peso. Es el sonido de su libertad.

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