Un ignoto cronista de los tiempos de la IndependenciaEconomía 

Un ignoto cronista de los tiempos de la Independencia


El Papa Pío IX

Después de tres meses en el bergantín Eloísa, el 4 de enero de 1824 arribaron a Buenos Aires el obispo Juan Muzi, el abate José Sallusti y el canónigo Juan María Mastai, enviados por la Santa Sede para viajar por tierra hasta Santiago de Chile.

Bajaron del barco de noche y se alojaron en la fonda Los Tres Reyes, que era la mejor de la ciudad. Mucha gente se agolpaba ante el hospedaje, pero los enviados sufrieron hostilidad de parte de las autoridades, el gobernador Martín Rodríguez y su ministro Bernardino Rivadavia, quienes les intimaron la partida. En cambio llegó discretamente un hombre “en traje privado y sin divisa”, que apenas pudo entrar debido al gentío. No era otro que el general San Martín, que estaba en Buenos Aires después de haber cruzado los Andes, y de haber libertado Chile y Perú. Nada menos. Muzi escribió a Roma: “Esta mañana, el señor general San Martín me honró con su visita y se puso a mi disposición”.

Días después los viajeros dejaron Buenos Aires en dos coches de caballos. Por caminos de huella siguieron por Luján, San Nicolás y el 21 de enero llegaron a Rosario. Continuaron por Fraile Muerto (Bell Ville), Río Cuarto, San Luis y alcanzaron Mendoza el 15 de febrero. Podemos imaginar semejante travesía del desierto, según un relato de Muzi: “Las postas donde uno se aloja son tugurios de barro donde entra el viento por todas partes y donde hay que reposar sobre el duro suelo, con insectos que atormentan durante toda la noche, el agua casi siempre turbia y la falta frecuente de pan y vino”.

Dura prueba para Muzi que sufría del estómago, para Sallusti que tenía un carácter inestable, y para Mastai que era hijo de condes. Y todavía les faltaba cruzar a lomo de mula la Cordillera por el paso de Uspallata para seguir a Chile, atravesando los precipicios por donde pocos años antes pasara el ejército de San Martín. Sobre el cruce de los Andes diría después Mastai en su diario de viaje: “En cuatro sitios me dispuse para bien morir, los cuales atravesé con los ojos cerrados dejándome guiar por la mula que montaba y recitando jaculatorias”.

De su paso por Rosario quedaron algunos datos. La aldea tenía el título de Villa del Rosario, al haber superado los mil habitantes. La gente era criolla. Las casas, bajas, con paredes de adobe. Mastai relata: “En la mañana del día 21 llegamos a Rosario, pequeño pueblo de Santa Fe. Aquí supimos que a la distancia de veinte leguas hacía poco que habían aparecido los indios, pero que según la costumbre de aquellos bárbaros de venir al principiar la luna ahora no existía peligro alguno, pues nos encontrábamos en la menguante. Este pueblo tan pequeño queda sobre la ribera del río Paraná, donde hay una especie de puerto. En medio de dicho río se encuentran muchas islitas habitadas por tigres que no dañan al hombre y que huyen”.

El obispo dio la confirmación y Mastai celebró misa. Según su crónica partieron de aquel pequeño pueblo el 22 de enero. Las autoridades de la Villa los hicieron acompañar un largo trecho con una escolta de ocho hombres a caballo y armados, previsión no exagerada, ya que tres días después de dejar la posta El Desmochado, cerca de Carcarañá, los indios asaltaron allí una caravana y mataron a veintiún hombres.

Quizá ninguno de los que trató entonces a esos polvorientos clérigos imaginó que el joven cronista Mastai con los años llegaría a ser papa, y gobernó la Iglesia durante más de treinta y un años con el nombre de Pío IX, popularmente Pío Nono.

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Articulos relacionados